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Una tienda-taller de Lisboa recupera en tiempos de crisis sueños rotos en forma de muñecos y juguetes
Lisboa
16 de noviembre de 2014
pedrito

Pedrito es un muñeco español que data de 1935. :: Manuel Bejarano

Manuela toma con delicadeza a Pedrito entre sus manos expertas. Valora sus ‘heridas’, el daño que el paso del tiempo ha causado en su pequeño cuerpo. Lo estudia minuciosa y atenta y hace una estimación certera de su edad: unos 80 años. Y de su nacionalidad: española. Acierta con las dos. El muñeco ‘nació’ un día de finales de septiembre de 1935 cuando el joven Adrián lo compró para su sobrina Antonia en la Feria de Ganado de Zafra (Badajoz). Desde entonces ha sido conservado por su familia como oro en paño. Y sin embargo, no han podido evitar su deterioro. Manuela Cutileira, ‘doctora’ del Hospital de Muñecas de Lisboa desde hace décadas, asegura que hay esperanza para el paciente, que ingresa en el centro con un diagnóstico optimista.

Situado en el corazón de la capital portuguesa, Praça da Figueira, 7, el origen de este centro ‘sanitario’ se remonta muchos años atrás, allá por 1830, cuando todavía no había siquiera coches en la ciudad de Fernando Pessoa. Una mujer llamada Carlota cosía ropa para muñecos sentada en la entrada de una tienda de frutas y verduras. Los niños, que por aquel entonces acompañaban por las mañanas a sus padres en sus visitas al mercado, se acercaban a ella y le hablaban de las ‘enfermedades’ de sus queridos muñecos y ella siempre parecía tener un ‘remedio’ para curarlos. Aquel fue el principio del Hospital de Bonecas (muñecas en portugués), un proyecto mágico que muchos años después, y aún en tiempos de crisis, recupera sueños rotos en forma de juguetes para niños y mayores.

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Los materiales están metódicamente ordenados en numerosos cajones. :: M.B.

El ritual de aquel negocio, que nació de manera espontánea, se repite desde hace casi dos siglos y ha pasado de padres a hijos. Manuela es la quinta generación de ‘sanadores de muñecos’, aunque aclara que su familia heredó el taller de los descendientes de Carlota. Es ella la que nos acompaña en un paseo por las diferentes salas del ‘centro sanitario’ y explica su labor: “Aquí recibimos los muñecos, hacemos un diagnóstico y le asignamos una cama en la zona que le corresponda según la enfermedad, el tipo y la antigüedad. La familia recibe un informe del estado del paciente y un presupuesto. Y le llamamos cuando esté recuperado”.

El origen de este centro ‘sanitario’ se remonta muchos años atrás, allá por 1830

Para que todo salga bien, una de las claves es el orden. Imprescindible, en opinión de Manuela, en un taller en el que hay miles de piezas de valor incalculable, sobre todo a nivel sentimental. “Todo está catalogado. Tenemos que ser muy cuidadosos. Si se pierde una parte del muñeco en el proceso, por muy insignificante que pueda parecer, puede ser terrible para el resultado final. Le damos mucha importancia a los pequeños detalles”, aclara.

De hecho, sorprende la organización que se impone al aparente caos de la sala de reparaciones. En cada uno de los pequeños cajones de un imponente mueble centenario que preside una de las salas del taller, se pueden observar en perfecto orden diferentes partes de muñecos: cabezas, piernas, brazos, ojos y también pelo. Preciosas pelucas de diferentes colores, tamaños y longitud que cambian completamente la cara de la muñeca a la que adornan. Piezas enteras, minuciosamente acabadas, que son muy similares a las que utilizaría un ser humano.

El stock con el que cuentan es impresionante. Cutileira explica que todavía hay algunas fábricas que les sirven piezas, aunque lamenta que otras muchas han ido cerrando con el paso de los años, por lo que resulta toda una aventura hacerse con algunas de ellas. Como contrapunto, también reciben material de manos altruistas. “Hay gente que nos conoce y nos regala muñecas antiguas o simplemente partes sueltas, porque saben que nosotros luego las podemos utilizar en las labores de restauración. Porque, de hecho, hay veces que tenemos que hacer una suerte de collage para poder completar la recuperación”.

Afirma que siempre se hace lo imposible para lograr el mejor resultado y confiesa que cuando las cosas se ponen difíciles, a veces lo mejor es optar por lo que ella llama “una solución imaginativa”. “Recuerdo el caso de una marioneta muy mayor, no éramos capaces de encontrar el material que necesitábamos para curarla. Al final dimos con una pieza muy similar en el mecanismo de una lavadora, la pintamos, la adaptamos y funcionó”, recuerda satisfecha.

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Muebles centenarios sirven para organizar el stock. :: M.B.

Para documentarse sobre el aspecto, la procedencia y los mecanismos originales de los muñecos, en el Hospital de Bonecas cuentan con catálogos y libros muy antiguos que consultan cada vez que surge alguna duda. Porque el equipo, según admite la misma Manuela, no acaba de manejarse con Internet, de manera que optan por otros métodos más tradicionales de investigación.

Hay casos en los que la reparación cuesta unos pocos euros y otros en los que pueden ser más de cien”

De precios, prefiere no hablar, porque asegura que varían mucho dependiendo del estado en que se encuentre el ‘paciente’. “Son muy dispares. Hay casos en los que la reparación cuesta unos pocos euros y otros en los que pueden ser más de cien. Depende de la dificultad para encontrar los materiales para llevar a cabo la reparación, por ejemplo, del tiempo que le dediquemos o de si le confeccionamos también la ropa o necesitan una peluca… Con los años hemos aprendido que es mejor no hablar de dinero, porque la gente se puede hacer ideas preconcebidas“, confiesa.

Un oficio del corazón

Sin duda la clave del éxito de este negocio, que ya forma parte del imaginario colectivo de la ciudad y que ha sido visitado por gente de infinidad de países (Australia, Sudáfrica, Rusia, Ucrania…), es el mimo y el esmero con el que realizan sus funciones los ‘médicos’ y ‘enfermeras’. En el centro que dirige Cutileira trabajan otras cuatro personas más. Todos han aprendido el oficio por pura vocación, de manera natural. Por eso la mejor garantía es la dedicación incondicional de estos profesionales que ni mucho menos han tenido que pasar una entrevista para conseguir este empleo. “Hemos sido siempre como una familia. Aprendimos el oficio observando, interesándonos, llevados por una curiosidad natural. Los que trabajamos aquí somos amigos y todo el que llega nuevo ha sido recomendado por alguien cercano y de confianza”.

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Una de las trabajadoras del taller. :: M.B.

Reparar un muñeco requiere, según explica esta veterana, de una gran atención al detalle, ciertas dosis de perfeccionismo y de mucha, mucha paciencia. Eso sí, al ser una actividad vocacional no se repara en esfuerzo ni en el tiempo que se dedica a que el resultado sea el mejor posible. “A todos nosotros nos encanta lo que hacemos. Por eso intentamos que el paciente se vaya a casa casi como nuevo”.

Sí que intentan cumplir con unos horarios más o menos estables para evitar echar más horas de la cuenta. “Intentamos adaptarnos a las necesidades y obligaciones que tenemos cada uno, compatibilizarlo todo, porque no tenemos una dedicación exclusiva”, refiere Manuela. Ella, por su parte, además de ‘doctora’ en el Hospital, ha sido maestra toda su vida, aunque ya está jubilada.

Sorprende la naturalidad con la que Manuela explica su oficio. Asegura que para ella es lo más normal del mundo, aunque reconoce que en otros tiempos los servicios que ofrecían eran más habituales que en esta época de capitalismo feroz en la que todo lo que se rompe, se tira. El centro ‘hospitalario’ que ella dirige nació en respuesta a todo lo contrario: la austeridad, los problemas que tenían las familias a la hora de poder comprarles un juguete nuevo a sus hijos.

En esta época de capitalismo feroz todo lo que se rompe,
se tira

Desde la experiencia, cuenta que antes se arreglaban muchos más juguetes que ahora, precisamente por esas estrecheces económicas, mientras que ahora si se repara un juguete se hace por cuestiones sentimentales, simplemente por cariño. Aunque matiza que, aunque menos, sigue habiendo familias que tratan de inculcar al niño que si un muñeco se rompe hay que repararlo, porque no hay otro para sustituirlo.

En cualquier caso estas tendencias no preocupan demasiado a Manuela. Para ella su labor es algo tan cotidiano que le es impensable que deje de ser necesaria. “El futuro no nos preocupa, ni las crisis económica. Tenemos la suerte de hacer algo que nos gusta y no pedimos mucho más. Esto es un negocio del corazón, del sentimiento, por eso es único. A los portugueses nos gusta mucho soñar y por eso el Hospital ha sobrevivido todos estos años”.

Subraya que no cuentan con ninguna ayuda ni subvención estatal, ni la quieren. En la opinión de Cutileira, eso podría amenazar de alguna manera la independencia de un negocio familiar del que se siente especialmente orgullosa. Ella y todo su equipo son totalmente autónomos y realizan todas las tareas: limpieza, mantenimiento, taller, venta, atención a los medios… Ellos solos se sobran y se bastan. Lo han hecho durante casi dos siglos. Y piensan seguir así mientras que la ilusión se mantenga.

“Nunca hemos sido ambiciosos. Hemos sabido adaptar nuestro negocio a la medida de nuestras posibilidades. Somos prudentes y quizás por eso nunca nos hemos metido en grandes aventuras económicas. Nos mantenemos, que es importante. Y nunca hemos pretendido hacernos ricos”.

Sin duda, Pedrito está en las mejores manos.


Comentarios:
  • visi comentó el 16 de noviembre de 2014 a las 17:00

Una vez mas,has demostrado ser una periodista como la copa de un pino,felicidades a ti y todos los que formais linkterna.

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