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El Hospital de Bonecas alberga también un museo que recorre la infancia de generaciones de dos siglos
16 de noviembre de 2014

¿Se imaginan hacer un recorrido por su infancia a través de los juguetes de los que disfrutaron desde que eran bebés hasta que perdieron el interés por ellos en la adolescencia? En el museo del Hospital de Bonecas que dirige Manuela Cutileira este viaje es posible. Un repaso por sus vidrieras y habitaciones puede hacer temblar de emoción incluso a los menos nostálgicos.

Junto a las estancias del taller-hospital, en el que recuperan muñecos malogrados, se encuentra expuesta esta vasta colección con muchos y variados ejemplares de diferente nacionalidad, tiempo y procedencia, distribuidos a lo largo de las salas de lo que antaño fue una escuela primaria oficial.

museo

Algunas de las muñecas expuestas en el museo. :: M.B.

Cuenta Manuela que cuando cerró, el director de entonces les ofreció a ellos la posibilidad de quedarse con el local. «Nosotros teníamos la tienda abajo, pero el taller estaba en otra parte. Pensamos que era muy conveniente, ¿qué mejor sitio que un lugar que había estado lleno de niños para convertirse en un Hospital de Muñecas?«, apunta.

De aquella época, todavía conservan fotos de maestros y de alumnos y algunos elementos de material escolar como guiño al pasado de las estancias. El museo está abierto a las visitas de mayores y niños que, curiosamente, según refiere Cutileira, entienden mejor que nadie que lo allí expuesto no es para jugar ni para tocar, solo para observar y disfrutar.

«Viene mucha gente a visitarnos. De vez en cuando, cuando salimos en la prensa, se nota porque entonces se incrementan las visitas de aquellos curiosos que no acaban de creerse que de verdad exista un sitio como éste y vienen a comprobarlo con sus propios ojos«, apunta divertida por la sorpresa que genera un negocio que a ella le parece tan natural como respirar.

De hecho la mayoría de las muñecas que se encuentran expuestas pertenecen a su familia. Aunque también cuentan con viejos conocidos ‘retornados’. Pacientes que han vuelto al hospital después de un tiempo. «Este muñeco, lo restauramos hace muchos años, y cuando su dueña, una mujer mayor, se murió, sus familiares decidieron donarlo al museo. Ellos consideraron que nosotros podíamos apreciarlo mejor que nadie», explica Manuela mientras muestra orgullosa un ‘pepón’ portugués de principios del siglo XX.

Este particular viaje en el tiempo nos enseña también a apreciar la evolución que las muñecas han experimentado a lo largo del último siglo, ya que hay desde ejemplares del siglo XIX con la cara de porcelana, hasta Monster High. Observándolas se aprecia cómo han cambiado no sólo en lo referente a los materiales y calidades con las que se fabrican, sino también, la morfología de sus cuerpos y las ropas que visten.

«Se pueden comprobar algunas cosas curiosas como por ejemplo que la idea de que la Barbie, comercializada por primera vez por Mattel en Marzo de 1959 en Estados Unidos, cambió y revolucionó la estética de las muñecas con su cuerpo esbelto y femenino, es falsa. Nosotros podemos demostrar que no es así, porque tenemos una bailaora flamenca española, de principios del siglo XIX, cuyo cuerpo, pecho y piernas son bastante semejantes, incluso más revolucionario y exuberante que el cuerpo de la muñeca americana, y sin embargo, la española es anterior», aclara.

flamenca

Una de las flamencas más antiguas del museo lisboeta. :: M.B.

Otra cosa que se puede observar es cómo han cambiado los materiales con los que se elaboran estos juguetes. «Nada más hay que ver las Nancy de antes y las de ahora, que se fabrican en China. La calidad es tan mala que no las podemos arreglar. Aunque todavía quedan algunas casas en España y Alemania, nosotros trabajamos con ellos, que siguen apostando por buenos materiales y perfectos acabados. Ahora lo que se tiende es a personalizar más las muñecas, a hacerlas más distintas. Aunque eso tampoco es nuevo», advierte.

De hecho, muchas de las muñecas de la colección son de otros países y ella desvela que es fácil averiguar su procedencia por las caras, «no es lo mismo una francesa, que una española o una italiana«, asegura Manuela, que opina que la globalización actual ha acabado un poco con esa particularidad.

Explica que en sus viajes a España, su familia aprovechaba para comprar muñecas, ya que eran famosas por su calidad, igual que las francesas. «Mientras otros compraban otros productos, ya que existía el contrabando, nosotros comprábamos muñecas. También barcos que venían de las Islas Canarias e incluso de Sudamérica, Portugal era un puerto franco, traían muñecas«, rememora mientras nos muestra las diferentes estancias del museo.

Mientras otros compraban otros productos, ya que existía el contrabando, nosotros comprábamos muñecas»

Nada de lo que está expuesto en este particular museo está a la venta. De hecho, Manuela refiere que hace poco una señora española le ofreció miles de euros por una de las primeras ‘Nancy’ que salió al mercado, que está expuesta en una de las vitrinas. «Yo le dije que no. Quizás algún día, nuestros nietos vendan todas y cada una de las que hoy tenemos expuestas. Pero mientras yo viva, se quedarán aquí. Son como nuestros hijos. Aunque yo reconozco que las mías, las de cuando era niña, están en mi casa», confiesa traviesa.

Da la sensación de que vivir y trabajar en este lugar mágico le ha brindado la oportunidad de seguir siendo niña. Y quizás el mimo con el que trata a todas y cada una de sus muñecas del hospital y del museo no es más que el reflejo de la veneración que siente por la infancia. Lo que sí reconoce alto y claro es que ambos centros son un recordatorio para ella de algo muy portugués: «Nunca debemos dejar de soñar«.



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