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En la búsqueda de experiencias turísticas cada vez más sofisticadas, se está poniendo de moda realizar incursiones en los barrios con peor fama del mundo. Una práctica que atenta contra la dignidad de quienes viven en esas enormes bolsas de extrema pobreza.

¿Te imaginas que vives en un poblado chabolista enorme, a las afueras de una gran ciudad de un país del tercer mundo, y a diario pasaran por los embarrados callejones personas adineradas, cámara en mano, que acaban de cerrar algún negocio millonario en la parte noble de esa misma ciudad, y se dedicaran a sacar fotos y a admirar con asombro la miseria de tu cotidianeidad y la de los tuyos? Yo trato de ponerme en la piel de quien vive ahí, y por más vueltas que le doy, creo que de ser él o ella, no lograría sentir otra cosa que no fuera asco y odio.

Pues bien, esto está pasando, es tendencia, que dirían los gurús del marketing, en el turismo de vanguardia. En busca de experiencias extremas, los turistas más sofisticados hacen deportes de mucho riesgo, se tiran con extravagantes aparejos por acantilados, o se ufanan de visitar el “país más hermético del mundo”, Corea del Norte, parque temático del comunismo paranoico, o se alquilan una cruz en Jerusalén para emular el recorrido de Jesús antes de ser crucificado. Opciones excéntricas hay mil. Otra posibilidad es adentrarse en algunos de estos barrios, famosos en todo el mundo por su miseria y violencia, eso sí, contratando un tour guiado, que al turista le gusta hacer lo que hacen ellos, pero sin pasarse, controlando los riesgos, quieren ver la mierda, pero no meter la cabeza en ella ni acarrear sus consecuencias. Solo es jugar un poco a ser pobre, eso sí, en la cara de los que de verdad no saben si al final del día van a poder llevar algo de comida a sus hijos.

Barriada chabolista de Kibera, en Nairobi.

Kibera, en Nairobi :: vía lorithicke.com

De hecho, estos turistas no se hacen llamar turistas, se dicen viajeros, que resulta más cool, y les gusta creer que estas experiencias extremas encapsuladas son reales, forman parte de su vida. Y si lo pueden subir a Instagram o Facebook, mejor.

Estos tours, que a mí juicio se parecen a visitas al zoo, solo que en vez de animales son personas las que allí malviven, y en vez de jaulas, son chabolas, se pueden hacer en Kibera (Nairobi), donde habitan entre casetas de latón, basura y heces entre 600.000 y un millón de personas, o en alguna favela de Río, te van a recoger al hotel, te dan una vuelta por las serpenteantes callecitas, te cuentan historias de degradación a base de muchas armas, bandas callejeras, narcotráfico y humildes familias que tratan de sobrellevar su desdichado destino, y de vuelta al hotel. Todo por 25 o 50 dólares, una aventura para contar en la próxima cena de ex alumnos del colegio.

Una vuelta de tuerca es lo que ofrece un resort en Sudáfrica, el Emoya es un establecimiento de lujo en el corazón del país, donde aparte de las habituales instalaciones en este tipo de alojamientos, han recreado en una zona un típico poblado miserable en el que los huéspedes pueden dormir en alguna de sus chabolas y “disfrutar” de peleas de pandilleros al anochecer en un entorno de total seguridad.

Recreación de un poblado chabolista de Sudáfrica

Shanty Town en el resort Emoya

Es cierto que hay un puñado de touroperadores que pueden considerarse responsables, que intentan establecer una interacción beneficiosa en términos sociales entre estos lugares tan desfavorecidos y los turistas que buscan honestamente conocer de primera mano cuáles son las condiciones de vida de sus habitantes y el contexto en el que se mueven.

Pero el mejor camino para ayudar a los habitantes de los barrios más míseros del planeta no debe ser el de despertar la curiosidad de viajeros o turistas, el dolor existe y no puede convertirse en una experiencia turística más, sea responsable o de puro lucro. El camino es avanzar en cooperación, la ayuda de países y organizaciones para facilitar el desarrollo y erradicar de una vez por todas esas bolsas de miseria que nos avergüenzan. Y la verdad, el hecho de que la financiación dedicada a cooperación por parte de España se haya reducido un 70% desde 2011 y apenas represente ahora el 0,17% no ayuda a cambiar estas dinámicas del horror.

2 de febrero de 2015

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Sobre mi blog:

Una mirada crítica a la realidad que me rodea. Creo que la objetividad no existe, ni tampoco las verdades absolutas, pero sí el respeto a los hechos y a la argumentación con fundamentos. No quiero convencerte de nada, solo transmitir, como una corriente alterna de ideas, mi punto de vista sobre las cosas que a todos nos preocupan.

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