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Miles de pequeños viven en Centros de Menores, provenientes en su mayoría de familias desestructuradas. Más allá de la adopción o la acogida, existen nuevas figuras para apoyarles como 'la familia colaboradora', que trata de ayudarles a encontrar un nuevo rumbo
17 de julio de 2016

Una fría tarde de febrero, Antonia Jiménez Barranco, o Antoñita, como todos la conocen en La Carolina, un pueblo de la provincia de Jaén, fue a recoger a su hija tras las actividades extraescolares. Vio que quedaban aún dos niños y que estaban solos; preguntó. Le explicaron que aquellos pequeños, Noemí y Juan Antonio, eran del centro de menores y que sus padres no irían a por ellos, sino que lo haría uno de los educadores de la institución. “Les vi solos y me emocioné. Parecía que nadie se daba cuenta de que estaban allí”. Sintió una punzada y pensó. “Ojalá pudiera hacer algo”. Y sí que podía.

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Antonia Jiménez Barranco. :: P.R.R.

Antoñita nunca había pensado en adoptar, tiene una vida bastante ocupada. Trabaja y  tiene tres hijas de 23, 21 y nueve años. A su marido, Paco Torres, también empleado, tampoco le sobra el tiempo. Cuando Antoñita volvió con esa idea rondándole la cabeza, él sabía que “nada la pararía”.

“Cuando me dijo que existía esta posibilidad de la ‘familia colaboradora’ me pareció bien, todos los niños deberían tener la opción de una vida mejor, y quizás nosotros podríamos dársela”. Para él, lo más importante es encontrar el equilibro. “Hay que saber compaginarlo bien con la familia y cuesta ir al centro porque te dan ganas de traerte o dos o tres más. ¿Qué culpa tienen estos niños de que sus padres sean como son?”.

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Antoñita y Paco, la ‘familia colaboradora’. :: P.R.R.

Así que Antoñita y Paco pasaron a ser ‘familia colaboradora’, una figura que se está fomentando especialmente en los últimos años y cuyo papel es apoyar a esos niños de centros de menores (se estima que hay unos 2.000 en Andalucía, donde reside este matrimonio, y más de 15.000 en España) y enseñarles la realidad de una familia estructurada.

“Es una forma que en otros países se conoce, pero en España hace falta información. No hay cultura de acogimiento y hay niños muy cerca de todos nosotros que necesitan ayuda”, explica la coordinadora de Crecer Con Futuro, Cristina Vega , ONG de Sevilla especializada en la infancia. “Es la idea de que puedes cambiarle la vida a un niño siendo su padrino o algo similar al tío. Son menores que sólo conocen las familias desestructuradas o los centros que, aunque están bien, siguen siendo instituciones con horarios, normas estrictas. Y ahí está el papel de las familias colaboradoras, enseñarles cómo es una vida estructurada”.

Para Vega, más allá del desconocimiento, la dificultad para dar el paso es el miedo que existe. “Hay gente que piensa ‘claro, pero si luego me lo quitan’. Pero es que esta figura no persigue el acogimiento. Aquí el vínculo con el niño es diferente, se trata de tener una relación de apoyo. Como cuando amadrinas a la hija de tu hermano, sabes que tienes que estar ahí y que es para toda la vida, pero no te haces cargo de ellos”, concluye Vega.

Primero Noemí, luego Juan Antonio

“Nosotros empezamos como algo informal, íbamos a por Noemí de vez en cuando, a que pasara unas horas con nosotros, en casa. Pero es mejor regularizar la situación, es un compromiso serio y muy importante para los niños”, explica Antoñita. Así que lo hicieron, se convirtieron en algo similar a los “padrinos” de Noemí, de 9 años, que iba al mismo curso que la pequeña de la familia y a la que asombró “la casa tan grande” que tenían. “Estamos para ayudarle, que sepa que estamos aquí para ella. Sabíamos que es posible que la adoptaran en el proceso, aunque cuanto mayor es, más difícil es que eso ocurra”. Pero ocurrió. Pocos meses después, Noemí y su hermano pequeño, Ramón, entraron en el proceso de adopción por parte de una familia malagueña.

“Claro que fue duro, pero todo salió bien, al final. La familia nos contactó para hablar de ella, para saber más. Y quedamos. De hecho, no hace ni un mes que hemos vuelto a vernos y nos mandan fotos de Noemí de vez en cuando. Están muy bien”, Antoñita sonríe y muestra imágenes de los pequeños en su móvil.

Pero aquello no detuvo las ganas que habían amasado de “hacer algo”. Volvió al centro y preguntó por Juan Antonio, de doce años, el otro chico de aquella fría tarde de febrero. “Ya llevamos un año, más o menos, con él. Va bien. Lo hemos notado en sus notas, en la evolución de su comportamiento”. La relación con Jose Antonio fue más intensa desde el principio: pasaba los fines de semana con ellos, las vacaciones y también algún que otro rato entre semana. Mientras hacemos esta entrevista, el chico juega con su máquina en el césped, junto a la hija y sobrina de Antoñita y Paco. “Es un buen chico”, ahora la que habla es Carola Barranco, la madre de Antoñita. Es “la abuela”, como ella misma se denomina. “Yo le regaño, claro, como hoy que se ha comido unos dulces justo antes de comer y le he dicho que nunca más”, sentencia.

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Carola Barranco, la abuela. :: P.R.R.

La relación de Juan Antonio afecta a toda la familia y ajustarse los unos a los otros necesita tiempo y esfuerzo.

“No te voy a decir que no haya momentos difíciles, porque los hay”, puntualiza Antoñita y baja la voz para explicar que, en ocasiones, los celos de la pequeña de la familia florecen por la presencia de Juan Antonio. “Pero ella tiene celos de todos, es la pequeña y casi se ha criado como hija única. Está aprendiendo cosas buenas, como compartir, que le cuesta mucho; o a ver que tiene mucha suerte, porque hay otros chicos como Juan Antonio que no tienen todo lo que tiene ella”.

Antoñita y Paco bromean sobre cómo empezó todo y no esconden la satisfacción que conlleva el trabajo. “Como todo en la vida, es ir aprendiendo”.

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Hay que recordarse que primero están mi familia, mis hijas. Y luego lo demás. Pero se puede ayudar mucho” matiza Paco, quien prefiere mantener ciertas distancias con el chico. “Yo todo esto lo veo como una forma de darles una vida mejor”.

Juan Antonio toca el tambor al fondo del jardín, cerca de la piscina. Su futuro aún está por escribir. “Yo quiero seguir ayudándole siempre que él quiera. Pero habrá que ir viendo. Él tiene que responder a las normas de mi casa, igual que mis hijas, y también existe la posibilidad de que alguien de su familia biológica lo adopte”, añade Antoñita. Las incertidumbres están ahí, como en el horizonte de cualquier pequeño, pero gracias a aquel frío día de febrero, para Juan Antonio, de doce años, esa incertidumbre se ha teñido de nuevas esperanzas.

*Conoce más sobre la figura de las “familias colaboradoras” en este vídeo de Crecer con Futuro:

 

 


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