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Mi secuestrador tiene nueve dientes, poco pelo y pesa once kilos. Desde hace un año es el dueño de mis días y de mis noches. Y ya no puedo vivir sin él

Hace un año que mi vida dejó de pertenecerme. Ya no soy yo la que decide cuántas horas duerme, a qué hora come o a qué hora se levanta. Mi vida social no es la que era y la primera persona del singular ha pasado a un plano que no llega a ser ni secundario. Me tienen secuestrada. Mi captor tiene nueve dientes, poco pelo y pesa once kilos. Hace 365 días que es el dueño de mis días y de mis noches, porque ya ni mi sueño me pertenece… Y sin embargo, ya no puedo vivir sin él. Creo que sufro el síndrome de Estocolmo.

Es esa sensación de estar encerrada entre cuatro paredes (a veces física y siempre psicológicamente) con la misma persona y el desasosiego y la sensación de dependencia que me invaden cuando de pronto le ‘pierdo de vista’ y disfruto de unas horas de libertad.

Mi secuestrador se llama Adrián, es mi primer hijo y el causante de mi síndrome de Estocolmo.

Puede que se me tiren al cuello muchas otras mujeres que seguro considerarán ‘desnaturalizado’ el símil, pero es lo que hay y así lo siento yo. Está claro que he sido yo la que he elegido el ‘cautiverio’ en cuestión, pero la realidad es que nadie te prepara para lo que supone que alguien cuente contigo incondicionalmente veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y pese a eso, tener la sensación de que lo necesitas tú más a él que él a ti.

Y no soy yo, lo sé, son mis hormonas las que están todo el día en vilo y pendientes de cualquier ruido, cualquier gesto que hace mi pequeño secuestrador. Y vivo así, adivinándole el pensamiento, porque no sé si he dicho que no habla, y adelantándome a sus necesidades, porque mi primera y única misión en el mundo es que esté satisfecho.

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21 de septiembre de 2016
Hoy en Irlanda se vota en referéndum el derecho a contraer matrimonio entre personas del mismo sexo. El resultado puede ser el ejemplo de que los ciudadanos van por delante de los políticos en lo que a reconocimiento de derechos se refiere.

Hay palabras que de tanto usarlas mal se vacían de significado y acabamos por perderles el ‘respeto’. Palabras que en su momento fueron todo un himno con el que llenarse la boca y que de pronto se han quedado tan vacías que ya no suenan a nada. Es lo que ha pasado con el término Igualdad.

Durante años muchos colectivos pelearon por alcanzarla hasta rozarla con la punta de los dedos para darse cuenta en algunos casos que sólo sería real cuando tuvieran que dejar de luchar por ella. Las mujeres, los gays y lesbianas y los inmigrantes conocen bien el fenómeno y saben mejor que nadie  que cuando nuestros políticos se llenan la boca con ella, en realidad, no lo hacen más que de ‘cara a la galería’ porque saben que en muchos casos, esa igualdad que prometen está limitada por las leyes o por los prejuicios y costumbres instalados desde hace años en nuestra sociedad.

Y sin embargo, basta con conocer otras realidades para poner la igualdad y sus significado en perspectiva. Hoy en Irlanda se vota en referéndum el derecho a contraer matrimonio entre personas del mismo sexo. Será la primera vez que un país aprueba en consulta popular una ley de estas características y la cuestión tiene ‘patas arriba’ a esta pequeña isla de cuatro millones y medio de habitantes.

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‘Vive y deja vivir. Sal y vota Sí’, reza esta pancarta en pleno centro de Dublín.

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22 de mayo de 2015
Si Valle Inclán levantara la cabeza, la única explicación que encontraría a tal sarta de 'deformaciones' que salieron por la boca del gallego, es que el presidente estuviese mirando la realidad en los espejos cóncavos y convexos del Callejón de Gato

El último barómetro de CIS dado a conocer hoy revela que el señor Mariano Rajoy ‘Necesita Mejorar’ en sus intervenciones en los debates sobre el estado de la nación. Menuda noticia. No creo que a nadie, bueno sí a los votantes del PP que no se caracterizan precisamente por su objetividad, le sorprenda la noticia. El actual presidente del Gobierno hizo un papel lamentable en el último. No en vano, según el estudio, sólo ha aprobado uno de los nueve en los que ha participado en los últimos años. La razón para mí es muy sencilla: no sabe escuchar. Ni él, ni su gobierno. O vive en una realidad paralela.

Si Valle Inclán levantara la cabeza, la única explicación que encontraría a tal sarta de ‘deformaciones’ que salieron por la boca del gallego, es que el presidente estuviese mirando la realidad en los espejos cóncavos y convexos del Callejón de Gato de su ‘Luces de Bohemia’. Porque esa ficción esperpéntica , irreal y triunfalista que describió no la reconoce nadie, ni siquiera sus compañeros de partido por mucho que al más puro estilo de ‘El traje nuevo del emperador‘ le aplaudieran y le sigan el juego a diario.

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27 de febrero de 2015
La locura y la histeria colectiva de aplaudir y poner en los altares y en las carpetas de las adolescentes un arquetipo como el de Christian Grey, me parece cuanto menos preocupante.

Voy a romper una de las máximas de mi vida: ‘Habla sólo de lo que conozcas’, para escribir este post…Pero he tocado fondo. Estoy hasta los ovarios de oír hablar de 50 Sombras de Grey, de la película, de los libros, de la recaudación en taquilla…Lleva siendo ‘trending topic’ durante toda una semana. Lo confieso ni he ido al cine a verla ni he leído los libros ni pienso hacerlo y, sin embargo, tengo una opinión sobre el tema: me asquea profundamente.

Es verdad que no conozco la historia en su totalidad pero lo que me llega, porque es imposible estar en redes sociales o leer un periódico o ver la televisión estos días sin oír hablar de la dichosa trama, me parece repugnante.

A saber: jovencita virginal sucumbe a los encantos de un poderoso, adinerado y exitoso ‘chulazo’ y se deja  llevar al ‘lado oscuro’. Ese rincón, que muchas más mujeres de las que pensamos conocen por desgracia, y que encierra una serie de humillaciones físicas y psicológicas, que curiosamente ‘enganchan’ a la joven e inexperta heroína, que cae rendida de amor por su ‘amo’, ‘dueño’, ‘maltratador’ o cómo demonios quiera el marketing llamarlo.

A todo esto le ponemos un lazo rosa, lo envolvemos en una campaña publicitaria del copón, le añadimos un estreno mundial que coincide con el día en que los grandes almacenes hacen su agosto a costa de los que se llaman a sí mismo enamorados y ‘voilá’: el resultado es un taquillazo considerable.

A mí, la verdad, lo  que hagan dos personas adultas en una habitación, o dónde les parezca, con el consentimiento de ambas partes, me la trae al fresco. Y digo cómo Woody Allen: ‘Si la cosa funciona’… Pero de ahí a la locura y la histeria colectiva de aplaudir y poner en los altares un ‘arquetipo’ como el de Christian Grey, me parece cuanto menos preocupante. Que sí, que seguramente el hombre tendrá un pasado que explicará su perfil de macho dominante, controlador y sádico, pero también lo tienen la mayoría de los psicópatas y los asesinos en serie y no por eso dejan de ser lo que son.

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19 de febrero de 2015
Somos un país de hipócritas y envidiosos y en vez de analizar el problema de fondo nos quedamos en el chiste fácil y en la descalificación cobarde

No hay cosa que más nos guste en este país nuestro que criticar al prójimo. Estamos ‘a la que salta’ esperando un descuido, una metedura de pata, un traspié…para tirarnos al cuello del que sea que vaya a convertirse en el objeto de las más crudas críticas. Este deporte tan nacional alcanza dimensiones de ‘champions league’ cuando ‘la víctima’ en cuestión es además mujer y  famosa. Y todo por envidia, así de claro. Porque nos repatea que la gente guapa triunfe y nos alegramos de sus desgracias.

En los últimos días, hemos asistido al ‘despellejamiento’ colectivo de Uma Thurman. Una foto de la actriz en la presentación de su nuevo trabajo The Slap, la nueva miniserie de la NBC que protagoniza junto a Peter Sarsgaard, Thandie Newton, Zachary Quinto, Brian Cox, Melissa George, Mekenzie Leigh y Lucas Hedges,  ha desatado una polémica viral acerca de una supuesta intervención quirúrgica que habría alterado el rostro de  la conocida protagonista de Kill Bill hasta hacerlo prácticamente irreconocible. Lo que yo me planteo es: ¿Y qué?¿Cuál es el escándalo? ¿A quién le importa lo que ella haga? Que diría Alaska.

La verdad es que somos unos hipócritas. Vivimos en una sociedad en la que la cirugía plástica mueve millones de euros y forma parte de nuestra cotidianeidad. En España se realizaron 65.000 operaciones de cirugía estética en 2013 que supusieron una facturación de 304 millones de euros. No en vano, ocupamos el puesto 13 en el mapa mundi de los países donde se recurre al quirófano para corregir los ‘errores’ de la genética o del paso del tiempo, aunque todavía estamos lejos de otros como Brasil o Estados Unidos, que siguen batiendo récords. ¿Pero cómo vamos a dejar de hacer una gracieta ante una víctima fácil?

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11 de febrero de 2015
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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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