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La Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, solicitaba a todas las comunidades autónomas que este verano se abrieran excepcionalmente los comedores escolares para paliar la grave situación que viven muchas familias. Sin embargo, comunidades como el País Vasco, Comunidad Valenciana, Murcia, Navarra, La Rioja, Galicia, Madrid, Castilla y León y Cantabria han decidido coger la calle del medio y optar, dicen, por “otras fórmulas”

Mi amigo Antonio Barquilla Rosas dice siempre que la dignidad empieza por un estómago lleno. Qué sabia afirmación. Lo extraño es que cuando la escuché por primera vez el contexto social no me ayudaba a comprenderla en toda su magnitud y transcendencia. Ahora, me viene a la mente como una bofetada de realidad difícil de ignorar.

En España, en nuestra propia ciudad y hasta en nuestra misma calle, hay niños que pasan hambre. Menores que no pueden comer tres veces al día y para los que la carne y el pescado son verdaderos desconocidos, mientras los políticos de turno aseguran “que no hay problemas de desnutrición”. Eso es cinismo y lo demás es cuento.
La Defensora del Pueblo, Soledad Becerril, solicitaba a todas las comunidades autónomas que este verano se abrieran excepcionalmente los comedores escolares para paliar la grave situación que viven muchas familias. Sin embargo, comunidades como el País Vasco, Comunidad Valenciana, Murcia, Navarra, La Rioja, Galicia, Madrid, Castilla y León y Cantabria han decidido coger la calle del medio y optar, dicen, por “otras fórmulas”.
Me encantaría preguntarles a las lumbreras que dirigen estas tierras cómo le explicarían ellos a un niño de ocho o de cuatro años por qué ellos no pueden comer al menos una comida caliente al día, mientras otros chavales de comunidades como Canarias, Andalucía, Cataluña, Aragón o Baleares sí lo están haciendo.
Casi una tercera parte de los niños de este país ( el 27% para ser exactos, 2.306.000 menores) viven bajo el umbral de la pobreza, según el último informe de Unicef. Los datos, vacíos y fríos en la mayoría de los casos, tienen en esta ocasión nombre y apellidos y ojos de niño, a lo mejor por eso no entiendo muy bien cómo se puede ignorar esa realidad y huir hacia adelante como si no pasara nada.
Cuando yo era pequeña y no quería comerme la comida, mi madre me recordaba que había muchos niños, en África, decía ella, que darían lo que fuera por tener delante el plato que yo despreciaba. Lamentablemente, ahora, mi madre podría nombrarme a cualquier amiguito de mi calle o compañero de colegio, porque todos conocemos a alguien que desgraciadamente no tiene comida que darle a sus hijos.
Un padre de familia de un barrio de la periferia de Badajoz me contó hace unos años, cuando todavía no nos habíamos acostumbrado a la crisis y era algo excepcional, que para él uno de los momentos más duros de su vida había sido explicarle a su hijo lo que era el paro. El pequeño quería saber qué era exactamente eso que parecía ser la causa de todos sus males, el peor para él, el más básico: no poder comer cuando tenía hambre. `
Desgraciadamente ahora son ya millones los padres a los que esta escena les resulta dolorosamente familiar. Esos que se van a la cama sin cenar para que sus hijos se tomen el último vaso de leche, que aceptan encantados la ayuda de Cáritas, de la iglesia, del vecino de al lado o del comedor escolar durante los meses de verano, si tienen la suerte de vivir en una comunidad autónoma en la que los políticos tengan un poco de vergüenza o simplemente ‘conocimiento del medio’ .
A ellos no les da pudor reconocer que necesitan que alguien les tienda una mano, porque saben mejor que nadie que aunque estén en una situación desesperada, es importante enseñarle a sus hijos lo que es la dignidad y también saben que eso sólo se consigue con un estómago lleno.

15 de julio de 2014

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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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