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Ni en mis más salvajes fantasías, y mira que yo tiendo siempre a ponerme en lo peor, me podría haber imaginado lo mal que nuestros políticos y gestores iban a resolver la ‘papeleta’

Hace pocos días conocíamos la noticia del primer caso de contagio por ébola en Europa que, cómo no, se producía en España. En ese momento, lo primero que se me vino a la cabeza fue la rentabilidad que las grandes farmacéuticas, como ya hicieron con la gripe A, iban a sacar al asunto. Ya hemos sabido que tres empresas que producen medicamentos relacionados con este virus han subido 1.100 millones en su cotización en bolsa desde enero. Ahí no ha habido sorpresas. Lo que no me planteé entonces fue la gestión que se iba a hacer desde un punto de vista sanitario y también político y social. Cómo íban nuestros gobernantes a lídiar con la enfermedad y con la primera persona contagiada en el continente, la auxiliar de Enfermería Teresa Romero, de 44 años. Cuando escribo este post su estado es extremadamente grave.
Ni en mis más salvajes fantasías, y mira que yo tiendo siempre a ponerme en lo peor, me podría haber imaginado lo mal que nuestros políticos y gestores iban a resolver la ‘papeleta’. Mira que estamos curados de espanto los españoles y que nos reímos hasta de nuestra propia sombra con una capacidad para el humor negro que para sí la querría Tim Burton, pero está claro que la realidad siempre supera la ficción. Ni el inefable y casposo José Luis Torrente podría haberlo hecho peor.

Y es que hay que reconocer que somos únicos e irrepetibles a la hora de ser cutres y hacer las cosas de forma ‘chapucera’. Para empezar, nos hemos enterado de que la pobre mujer fue varias veces al médico aquejada de síntomas que, teniendo en cuenta que había atendido a uno de los religiosos fallecido por ébola, no deberían haber sido pasados por alto. Sin embargo, la mandaron a su casa a tomar paracetamol. Al parecer hasta en tres ocasiones. Y ahora hay quien dice que sólo ella es responsable de lo que le ha pasado ‘por ocultar información’. De traca.
Después, el conductor y el camillero de la ambulancia, que acudió a recogerla a su domicilio, cuando finalmente se produjo su ingreso definitivo en el hospital, no fueron advertidos del peligro de contagio. De hecho, estos profesionales advirtieron a Sanidad de la situación y denunciaron que el vehículo sanitario en el que habían recogido a Teresa se utilizó después para trasladar a otros siete pacientes ese mismo día.
Claro está que teniendo en cuenta la interpretación de los hechos que ha hecho el consejero de Sanidad de Madrid, el asunto no está en las mejores manos. El buen señor ha dicho una sarta de sandeces dignas del personaje creado por Santiago Segura: que si para ponerse un traje de seguridad no hace falta tener un máster, que si la enfermera no debería estar tan enferma cuando se fue a la peluquería… Perlas que no ha dicho ni mucho menos ‘off the record’, sino en declaraciones a los medios de comunicación. Javier Rodríguez, que se llama el sujeto, dice también que no tiene ningún problema en dimitir de su cargo. Que él es médico y no le tienen ningún apego porque “llegó a la política comido”. Como si alguien dimitiera por este tipo de cuestiones en este país… El PP, partido que gobierna en Madrid, dijo ayer que estas afirmaciones “están fuera de lugar”, pero de ahí al ‘rodarán cabezas’ hay un trecho.
En cualquier caso, mientras que el responsable de la sanidad madrileña se dedica a soltar estas ‘perlas’, algunos profesionales del sector están renunciando a sus puestos de trabajo por negarse a entrar en la habitación en la que Teresa lucha por su vida por temor a correr la misma suerte.
El médico que la atendió ha ingresado voluntariamente porque el traje de seguridad que llevaba cuando lo hizo le quedaba corto. De hecho asociaciones de profesionales y sindicatos han advertido que, de momento, el único material con el que cuenta para aprender a ponerse el famoso traje es un video explicativo. Por otro lado ya se han desalojado dos plantas del hospital Carlos III, donde se encuentra ingresada la auxiliar de enfermería, para poder atender a los sospechosos de contagio de ébola.
Y luego está la triste historia de Excalibur, la mascota de Teresa, un perro de 12 años. Las autoridades sanitarias decidieron que lo más adecuado era acabar con su vida, dado el riesgo de que se convirtiera en transmisor de la enfermedad, y de nada sirvió que el compañero de Teresa suplicara que no lo mataran y pidiera ayuda en las redes sociales. A día de hoy, hay científicos que opinan que dejarlo vivo podría incluso haber servido para estudiar científicamente la enfermedad. Siendo realistas, en este país nuestro más partidario de aquello de que ‘muerto el perro, se acabo la rabia’, el pobre animal no tenía demasiadas opciones.
El Gobierno, con la titular de Sanidad, Ana Mato, a la cabeza, de momento se ha limitado a asegurar que revisará el protocolo contra el ébola. Sí señor, eso es capacidad de reacción y de gestión y lo demás es cuento. Insisto, el disparatado José Luis Torrente no lo hubiera hecho peor. Peor es imposible.

9 de octubre de 2014

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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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