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No es la primera vez ni la última que esto sucede. Y a veces el resultado no llega a ser viral. Aunque es cada vez más complicado dada la rapidez con la que la información se mueve a través de las redes sociales. En cualquier caso, no deja de ser poco profesional e irresponsable

Morir, resucitar y volver a morir en menos de dos horas es posible. Unos pocos hemos sido hoy testigos del ‘milagro’. Todo ocurrió muy rápido. Cuestión de minutos. Uno de los periódicos más prestigiosos del país, en su versión digital, informó durante un rato de la muerte de Peret, el padre de la rumba catalana. No fue el único. Otros también lo hicieron para rectificar poco después de que la familia del cantante advirtiera en un comunicado de que seguía vivo. El medio del que hablábamos al principio también colgó la corrección. Aunque sólo por unos minutos. Luego desapareció. Aunque la noticia figuraba entre las más leídas de la jornada.  Aproximadamente una hora después se confirmó el deceso y el titular, con la misma foto de por la mañana, volvía a aparecer en la portada diario. Donde dije digo, digo Diego y vuelvo a decir digo. Y aquí no ha pasado nada.
No es la primera vez ni la última que esto sucede. Y a veces el resultado no llega a ser viral. Aunque es cada vez más complicado dada la rapidez con la que la información se mueve a través de las redes sociales. En cualquier caso, no deja de ser poco profesional e irresponsable.
Los que hemos vivido en primera persona la transición del papel a los medios digitales conocemos el proceso que probablemente se esconde tras esta metedura de pata. Alguien en la redacción lee la noticia en las redes sociales, a través de una fuente más o menos fiable, la suelta en voz alta y la siguiente reacción, la más natural, aunque pueda parecer mentira, suele ser: ¡Súbelo! Que en cristiano significa: publícalo.
Normalmente, al menos en el periódico en el que yo trabajaba, algunos de los veteranos de papel solía levantar la voz para recordar que había que contrastar la noticia. Y como en nuestro caso la mayoría de los trabajadores eran todavía ‘convencionales’, la razón se abría paso y se hacían las llamadas pertinentes antes de colgar la información. No importaba si no éramos los primeros. Importaba ser serios. Marcar la diferencia.
¿Qué ha cambiado para que en un medio con solera y años de experiencia se rompa esta dinámica? Seguramente el director, después de recibir la llamada bien de la familia, bien de algún periodista atento, esté dando explicaciones al respecto. Quién sabe si le habrá echado la culpa al becario de turno…un clásico, o habrá entonado responsablemente el mea culpa. Lo que no habrá dicho, porque no es políticamente correcto y porque va en contra de la línea editorial y de su bolsillo, es que el problema va mucho más allá de la simple anécdota: es coyuntural.
Este mismo medio despidió hace meses a un gran número de sus periodistas más veteranos. La crisis, bajo el paraguas de la desvergonzada reforma laboral y con el beneplácito de gobernantes y empresarios, ha puesto en la calle a los profesionales con más experiencia. Porque son más caros y más contestatarios. Eso es así. Lo sabemos todos y en nuestro círculo, el de la información, donde paradójicamente reina la desinformación con respecto a esos temas, la mayoría mira para otro lado cuando se habla del asunto. Pero la realidad es esa y el resultado son meteduras de pata como matar al conocido cantante y publicar una rectificación por menos de diez minutos en portada. Después, borrón y cuenta nueva.
Ojo, los jóvenes que empiezan, a los que les paga una miseria y se carga de responsabilidad, no son los responsables de la situación. Ellos hacen su trabajo como les han enseñado y eso, cualquiera que haya pasado por una facultad de periodismo, sabe que es un tanto aventurado. Depende de si se ha tenido suerte o no con el centro, el turno, el profesor y hasta con la situación económica de cada uno que permita o no asistir a clase en lugar de tener que trabajar en el horario lectivo para poder pagarse la carrera, gracias en este caso a otras reformas igual de desvergonzadas.
Estas carencias se suplía antes con el asesoramiento de los veteranos de la redacción. Cuando yo llegué a mi periódico el gran Antonio Barquilla me acogió con los brazos abiertos y me enseñó muchas lecciones, de periodismo y de vida. Él jamás me hubiera permitido publicar que Peret estaba muerto sin haber contrastado la noticia. Pero ya no está en la redacción.
Muchos dirán que poco importa un titular que ha estado ahí durante solo unos minutos. Yo digo que es una cagada imperdonable. Vivimos en una sociedad en la que la mujer de un periodista argentino se enteró de que su marido había muerto durante el Mundial de Brazil porque un famoso entrenador le dio el pésame a través de las redes sociales. Es una monstruosidad.
La información es un arma poderosa y como tal su uso y su distribución debe ser algo responsable. Y aunque a muchos les interese denostar el oficio y la profesionalidad de los que lo ejercen, es necesario para que la sociedad conozca y sepa de asuntos que de otra manera le serían totalmente ajenos. Unos medios de información serios, libres y capaces son el mejor indicativo de una democracia sana. Matar a Peret, resucitarlo y volverlo a matar es sólo la punta del iceberg. Algo huele a podrido en Dinamarca.

27 de agosto de 2014

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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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