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El Gobierno del señor Rajoy conoce bien esta maniobra que en español se traduciría como ‘cortina de humo’. Cada vez que su gabinete decide por las bravas aprobar un decreto o ningunear las millones de voces en desacuerdo, de pronto aparece una polémica, una noticia o un evento que acapara toda la atención y la mayoría de los ciudadanos, inconscientes de la manipulación a la que están siendo sometidos, entran al trapo

En el idioma de Shakespeare existe una expresión muy curiosa que se puede aplicar más a menudo de lo que me gustaría en este país nuestro: a ‘Red herring’. Los anglófonos la utilizan cuando quieren referirse a un hecho o noticia que confunde o distrae de lo verdaderamente importante o relevante. La imagen toma prestado un fenómeno de la naturaleza, porque un red herring es en realidad un arenque rojo, una criatura llamativa que en caso de encontrarse delante de un gigantesco banco de peces ‘corrientes’ llama nuestra atención y nos impide ver los cientos de ejemplares que tiene detrás.
El Gobierno del señor Rajoy conoce bien esta maniobra que en español se traduciría como ‘cortina de humo’. Cada vez que su gabinete decide por las bravas aprobar un decreto o ningunear las millones de voces en desacuerdo, de pronto aparece una polémica, una noticia o un evento que acapara toda la atención y la mayoría de los ciudadanos, inconscientes de la manipulación a la que están siendo sometidos, entran al trapo.
El pasado viernes, el Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, y los suyos sacaron adelante un decreto por el que se privatiza el Registro Civil, que será traspasado a los registradores mercantiles. Millones de datos de nuestra vida jurídica más personal: nacimientos, matrimonios, incapacitaciones y fallecimientos, que antes manejaban los jueces, quedarán ahora en manos de estos funcionarios que trabajan para registros privados.
La medida, nos importen más o menos sus consecuencias, es importante para nuestro día a día y, sin embargo, hay muchos españoles que ni se habrán enterado de la historia. Sospechosamente, la semana pasada la mayoría centraba su atención en otro asunto, también relacionado con la cartera del señor Ruiz Gallardón: la reforma de la ley del aborto.
La verdad, no sé qué me indigna más: que se nos tome por tontos o que se utilice como cortina de humo un tema tan sensible. Desde que este señor, que cada vez está más claro: era el caballo de Troya del PP, empezó con sus planteamientos retrógrados y chovinistas (pero eso sí, muy cristianos) de cómo debería quedar la legislación que ampara este derecho, se han vertido ríos de tintas sobre el tema.
Yo entiendo la atención mediática y social porque el tema afecta a muchas españolas a las que, seamos francos, ninguno de estos políticos va a sujetar la mano si le llega el momento de tener que abortar o no. Pero la sensación que tengo es que digamos lo que digamos y nos manifestemos lo que nos manifestemos, en la calle, por escrito o en las redes sociales, al final este Gobierno hará lo que le salga de la peineta a golpe de decreto mientras los ciudadanos andan debatiendo sobre el tema sobre el que esos mismos políticos hayan decidido poner el foco esa semana.
Y la historia se repite sin cesar. A finales del pasado mes de marzo en Madrid se produjo un acontecimiento sin precedentes, no solo por el número de personas que asistieron a él, sino por todos los incidentes que desencadenó y las consecuencias materiales y físicas del mismo: la Marcha Dignidad. Ciento una persona resultaron heridas: sesenta y siete policías y treinta y cuatro manifestantes. De estos últimos, uno perdió el 90% de la visión en un ojo; y otro, un testículo. Detuvieron a 24 ciudadanos, y uno de ellos fue enviado a prisión. Varios días después, Interior reconocía fallos de coordinación en el dispositivo policial desplegado aquel día que contó con 1.750 agentes de la Unidad de Intervención Policial. Sin embargo, pese a la contundencia de este balance, el día después de los hechos nadie hablaba de lo sucedido. Adolfo Suárez murió aquel día y sus herederos de profesión supieron identificar rápidamente el potencial de ese imponente ‘red herring’.
Hace muy pocos días sin ir más lejos, otro entretenimiento, curiosamente del mismo color rojo que el arenque, nos mantenía aletargados mientras se preparaba la entronización de Felipe VI: la selección española defendía el título de campeona del mundo en el Mundial de Brasil y volvía a casa, humillada y vencida, después de la primera ronda. Yo me preguntaba entonces si los españoles despertaríamos de nuestro letargo, una vez terminado ese espejismo de que en algo éramos los mejores. De momento no ha sido así. Pero ojalá que así sea. De lo contrario, dentro de no muchos años les tendremos que explicar a nuestros hijos que el desmantelamiento del Estado de Bienestar en nuestro país se produjo mientras dormíamos.

6 de julio de 2014

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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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