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Mi secuestrador tiene nueve dientes, poco pelo y pesa once kilos. Desde hace un año es el dueño de mis días y de mis noches. Y ya no puedo vivir sin él

Hace un año que mi vida dejó de pertenecerme. Ya no soy yo la que decide cuántas horas duerme, a qué hora come o a qué hora se levanta. Mi vida social no es la que era y la primera persona del singular ha pasado a un plano que no llega a ser ni secundario. Me tienen secuestrada. Mi captor tiene nueve dientes, poco pelo y pesa once kilos. Hace 365 días que es el dueño de mis días y de mis noches, porque ya ni mi sueño me pertenece… Y sin embargo, ya no puedo vivir sin él. Creo que sufro el síndrome de Estocolmo.

Es esa sensación de estar encerrada entre cuatro paredes (a veces física y siempre psicológicamente) con la misma persona y el desasosiego y la sensación de dependencia que me invaden cuando de pronto le ‘pierdo de vista’ y disfruto de unas horas de libertad.

Mi secuestrador se llama Adrián, es mi primer hijo y el causante de mi síndrome de Estocolmo.

Puede que se me tiren al cuello muchas otras mujeres que seguro considerarán ‘desnaturalizado’ el símil, pero es lo que hay y así lo siento yo. Está claro que he sido yo la que he elegido el ‘cautiverio’ en cuestión, pero la realidad es que nadie te prepara para lo que supone que alguien cuente contigo incondicionalmente veinticuatro horas al día, siete días a la semana, y pese a eso, tener la sensación de que lo necesitas tú más a él que él a ti.

Y no soy yo, lo sé, son mis hormonas las que están todo el día en vilo y pendientes de cualquier ruido, cualquier gesto que hace mi pequeño secuestrador. Y vivo así, adivinándole el pensamiento, porque no sé si he dicho que no habla, y adelantándome a sus necesidades, porque mi primera y única misión en el mundo es que esté satisfecho.

¡Quién me ha visto y quién me ve! Yo también me sorprendo a mí misma cada día mirándome desde fuera y pensando: ¿Pero ésta quién coño es?

Aunque a lo mejor de eso se trata. La vida se te da la vuelta como un calcetín. Las cosas que tenías más claras que el agua se vuelven más oscuras que una pinta de Guinness y de pronto todo lo que pensabas que nunca harías como madre, esas líneas rojas que nunca ibas a cruzar, se desdibujan y todo está borroso. Te vuelves ‘miope perdida’ el primer día de la primera semana. El primer mes. El primer año.

Me he sentido un poco engañada. Tengo la certeza de que la mayoría de las mujeres edulcoran el tema sí o sí. O tienen un montón de ayuda/dinero/familia que hace que desconozcan el sueño constante, el cansancio, el hambre y hasta la falta de higiene de los primeros tiempos después de nacer el bebé. Ni sé las veces que me he dicho a a mí misma: “Esto a mí nadie me lo había contado”. Y que conste que tengo mujeres muy cercanas con las que yo pensaba que había vivido la maternidad. Pero nada que ver con cuando eres tú la embarazada, la que va a parir, la que está criando a su primer hijo.

Otro planeta

Y aun así, en esa soledad costantemente acompañada de tu pequeño, de pronto formas parte de un ‘colectivo’, el de las mamás… así por las buenas. Y más que un grupo parece un planeta distinto. Uno muy lejano en el que hasta se habla un idioma diferente.

Me acuerdo de un año que, en Carnavales, la murga de ‘Los Niños’ de Badajoz imitaban a padres con carrito y niño y algunos compañeros, los que tenían hijos, claro, se destornillaban de risa viendo al ‘tipo’. Yo los miraba y pensaba: “Pero estos, ¿de qué se ríen?”.

Ahora busco el vídeo en Youtube y reconozco que por lo menos la media sonrisa se me escapa. Y es que hay cosas, bromas, que sólo las puedes entender cuando intentas salir de casa a comprar el pan y te das cuenta de que la bolsa enorme esa que viene con el cochecito se te queda pequeña para todos los ‘trastos’ que debes llevar para ese pequeño ser humano que pesa menos que el equipaje de mano que puedes subir a un avión.

Y aún así hay cosas que sólo la entienden unos pocos, como la broma sobre el síndrome de Estocolmo. Yo adoro a mi hijo, lo quiero por encima de cosas y personas que para mí eran sagradas y lo ha puesto todo en una perspectiva que raya el cubismo. Creo que hasta ahí pocas ‘colegas de profesión’ podrán discutir conmigo sobre lo que significa ese oficio tan mal pagado que es la ‘maternidad’, pero a partir de ahí empiezan los matices.

Yo sigo siendo yo. Con prioridades distintas sí, pero con el mismo sistema de valores, y no dejo de darme cuenta de que mi vida, al menos como yo la conocía hasta hace un año, está ahora en ‘stand by’ porque mi pequeño secuestrador administra ahora mi tiempo, mi sueño, mi ocio… Y aunque muchas veces me indigno y me digo a mí misma que voy a escapar y voy a volver a tomar las riendas de mi vida, una sonrisa o un beso suyo lo borran todo y lo único que quiero es estar con él porque el mundo me sobra. Y es por eso que creo que estoy ‘enamorada’ de mi captor en lugar de sentir por él nada negativo.

La película ‘La Habitación’ basada en el libro del mismo nombre, refleja mucho mejor que mis palabras este tipo de amor tan especial. En ella, y no quiero ser una ‘spoiler’, sí que hay un verdadero secuestrador, aunque la verdadera historia, la que a mí más me conmovió, es la de un hijo que no necesita para ser completamente feliz más que el amor de su madre y una pequeña habitación.

Para mí Adrián en Irlanda, el país en el que vivimos y en el que llueve casi todos los días, es el sol. Y, aunque de verdad no pudiera volver a ver al astro rey nunca más en mi vida, creo que con la ‘luz’ de mi hijo me sobraría. ¿No me digáis que esa simple idea no es propia de alguien que sufre un trastorno psicológico?

Me llamo Aracely y sufro el síndrome de Estocolmo.

21 de septiembre de 2016

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Comentarios:
  • Manolo López comentó el 22 de septiembre de 2016 a las 0:20

Aracely: me has ganado el corazón para toda la vida. Mil besos

Muchas gracias. Un abrazo enorme

  • Juan Soriano comentó el 22 de septiembre de 2016 a las 11:55

Conmovedor. Ahora entiendo mejor a mi mujer

  • Guadalupe Leitón comentó el 22 de septiembre de 2016 a las 17:57

Aracely, felicidades! Es cierto que nadie nos cuenta lo que la maternidad esconde (secuestro incluido), quizás porque es una caja de sorpresas reservada para cada una de nosotras. Yo también anduve mucho tiempo (años) buscándome a mí misma, hasta que entendí que ya no era yo, que la maternidad había dejado al descubierto la mejor versión de mí misma. Poco a poco pondrás de nuevo orden en tu vida y volverá cada cosa a su sitio. Tu pequeño secuestrador tendrá que escolarizarse y corretear por la vida. Sólo puedo decirte que disfrutes cada momento y cada etapa de Adrián, junto a él y con él, porque una de las cosas que nos repiten hasta la saciedad nada más parir y a la que no prestamos mucha atención es que el tiempo vuela, y sí que vuela, sí. En nada de tiempo tu divino raptor tendrá muchos más dientes, una larga melena y una mochila preparada en tu puerta para partir a descubrir nuevos mundos. Te deseo lo mejor. Un beso desde Extremadura.

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Sobre mi blog:

Desde esta ‘torre de marfil’, como Juan Ramón Jiménez, invito a la reflexión de esa parte de la actualidad que nunca verás en grandes titulares. Desde la distancia, crítica y políticamente incorrecta, siempre alerta pese al vértigo.

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