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De la noche a la mañana se convirtió en un perseguido político de la dictadura de Pinochet. José Cifuentes sufrió la tortura del régimen chileno. Ahora recoge su historia en el estudio autobiográfico 'Revolutionary dreams from Chile to Wales'
Marian Rosado
14 de diciembre de 2016

Algunos de los momentos más maravillosos e intensos de la vida pueden truncarse de un momento a otro en la peor de las pesadillas. Así lo documenta el relato de José Cifuentes (Talca, Chile, 1950), quien experimentó cómo en cuestión de horas, durante la noche del 10 al 11 de septiembre de 1973, pasó de trabajar como voluntario en un pequeño poblado a las afueras de la ciudad chilena de Talca a convertirse en un perseguido político bajo el nuevo régimen dictatorial que impondría Augusto Pinochet.

“El otro 11 de septiembre del cual todo el mundo se olvidó fue el que se vivió en Chile, en el que miles de personas fueron asesinadas y alrededor de un 10% de la población tuvo que abandonar su país“, relata. Él sería uno más de los muchos exiliados políticos, pero no sin antes sufrir la brutalidad de la dictadura en sus propias carnes.

Cifuentes narra éste y otros episodios en el libro Revolutionary dreams from Chile to Wales, un estudio autobiográfico en el que el autor rememora sus propios pasos que a su vez se entrelazan con la historia de todo un país y de una lucha global que todavía se libra aunque parezca, a ratos, olvidada.

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Cifuentes junto a German Castro, representante regional del Gobierno de Allende en el poblado Arturo Prat.

¿Podemos? ¿Syriza? Todos deben unirse. Ningún país puede ser una isla. Mientras no haya unidad de todas las fuerzas para eliminar las injusticias nos tendremos que conformar con estas democracias a medias”, afirma.

Pero Cifuentes no siempre tuvo esa conciencia política. Cuando apenas era un joven veinteañero recién llegado a la Universidad de Talca para estudiar Trabajo Social, sus creencias católicas le llevaron a unirse a un grupo de voluntariado con otros cinco amigos y un sacerdote francés. Con ellos ayudaba a unas 360 familias en el deprimido poblado de Arturo Prat, a las afueras de la ciudad, en el que la pobreza y la falta de servicios básicos eran la norma.

“En aquel momento yo no tenía ningún interés político. Era 1971. Trabajando allí me di cuenta de la realidad social y entonces es cuando uno se pregunta: ¿por qué? Y la respuesta era que había un problema institucional de desigualdad social. Lo mío fue una transformación de sacristán a político activista”, rememora.

De aquella transformación extrajo una lección: “Definirse como apolítico es ser conservador. Pensábamos que éramos neutros pero inconscientemente respaldábamos el sistema“, explica.

Lo mío fue una transformación de sacristán a político activista”

Gracias a su trabajo en Arturo Prat, Cifuentes vivió alguno de los momentos más emotivos de su vida. Por ejemplo, cuando llevó a los niños del poblado a la piscina de las dependencias militares, unas instalaciones abiertas por mandato del entonces presidente Salvador Allende para disfrute del público. En esas mismas dependencias José sería torturado unos meses después.

“El mismo lugar lleno de felicidad en verano estaba manchado de sangre en septiembre. Me sometieron a todo tipo de torturas físicas. En un cierto punto un militar, el comandante Zuchino, me puso su pistola en la boca. El porqué no disparó no lo sé. Luego vinieron más torturas”, cuenta emocionado.

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Portada del libro.

Aún así, Cifuentes afirma que si pudiera elegir, lo volvería a hacer: “Fueron muchas vidas y sueños perdidos, pero éramos unos privilegiados porque nos acostábamos soñando con un mundo mejor”, dice conmovido.

Cuando logró salir de la cárcel, se reunió con su pareja y esposa a día de hoy, María Cristina, y durante un tiempo vivieron en la capital, Santiago, bajo la mirada del régimen. Sus vidas dieron un vuelco con la llegada al mundo de su primera hija: “Andar clandestinos como pareja es una cosa, con un bebé es otra”, afirma.

Es entonces, en 1977, cuando decidieron abandonar el país y recalaron en el Reino Unido como refugiados políticos, donde José y María Cristina recibieron una beca para estudiar en la Universidad de Swansea (Gales), por lo que se consideran “excepcionalmente privilegiados”.

Hoy, los beneficios de su libro Revolutionary dreams from Chile to Wales serán destinados íntegramente a la organización ‘Swansea Bay Asylum Seekers Support Group’, que apoya a los solicitantes de asilo en la ciudad.

Este exiliado chileno advierte de la mala costumbre que tiene la historia humana de repetirse: “Hace falta promover una cultura de compasión humana. El ‘Brexit’, Trump, Le Pen, la violencia institucional, la discriminación, todo esto es un caldo de cultivo para la creación de condiciones que provoquen un levantamiento popular masivo. Si no decimos basta a la injusticia creamos una sociedad violenta”, advierte.

Cifuentes tomó el riesgo de visitar su país natal cuando la dictadura de Pinochet aún estaba vigente y avisa del mayor peligro que promueve el fascismo: “El grado de imbecilidad pasa a la excelencia“.

La sociedad necesita una conciencia de la causa de los refugiados”

Hoy, el país sudamericano disfruta de un sistema democrático aunque bajo una Constitución establecida por el anterior régimen, que el actual Gobierno de Michelle Bachelet ha sometido a un proceso de reforma que está en marcha.

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Cifuentes trabaja en la actualidad como psicólogo educacional.

“La situación es mucho mejor, qué duda cabe. El pueblo chileno logró vencer al dictador pero no de forma absoluta, aún quedan temas por resolver relacionados como la amnistía y los cuerpos perdidos, como creo también es el caso español”, opina.

Habiendo sufrido la pena del exilio en sus propias carnes hace un llamamiento a la empatía para aquellos que a día de hoy se ven también obligados a abandonar su tierra: “La sociedad necesita una conciencia de la causa de los refugiados”.


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