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En una época como la actual, en la que la información se mezcla con la opinión, en la que se multiplican los bulos y vuelan las intoxicaciones interesadas por las redes y los media, la capacidad crítica del ciudadano, su habilidad para reconocer la información de calidad se antoja imprescindible

Conocen esas técnicas que usan los padres cuando sus niños lloran desconsoladamente o tienen una de sus rabietas? Son estrategias que se basan en la distracción: tratan de hacer alguna gracia o hablarles de algo que les interese y sea entretenido para que se olviden de lo que querían y que así se calmen.

Les suena, ¿verdad? Pues ese es el papel que parecen haber adoptado muchos medios de comunicación últimamente: buscar temas para distraernos y entretenernos, para evitar que entendamos lo que ocurre, que nos centremos en lo que importa y nos cambia la vida. Es ese periodismo que debiera recibir otro nombre y que hace el juego a los poderosos para anestesiar a la población y dirigir nuestro pensamiento.

En una época como la actual, en la que la información se mezcla con la opinión, en la que se multiplican los bulos y vuelan las intoxicaciones interesadas por las redes y los media, la capacidad crítica del ciudadano, su habilidad para reconocer la información de calidad se antoja imprescindible.

Porque son muchos los que ganan al atraer nuestra atención con absurdos temas, al confundirnos: pitadas de himnos en partidos de fútbol, pactos globales de los que este o aquel ya no quiere formar parte, gibraltares enfrentados, luchas morales absurdas o aguijones interesados entre unos y otros. Ya saben de lo que les hablo, como también saben que, en demasiadas ocasiones, entramos al trapo. Nos dejamos engañar por ese juego del avión y mientras gritamos que no estamos dispuestos a tragar más, nos meten la cuchara hasta la campanilla.

Hay que estar alerta: ese humo es muy tóxico. Esas cortinas son más poderosas de lo que imaginamos. Y lo más paradójico es que la clave ante estas estratagemas es el buen periodismo. Porque es la herramienta más útil para el ciudadano, su luz. Pero hoy se hace imposible dedicarse a ello: no hay sueldos dignos, ni cabeceras que apuesten por el periodista, no hay inversión ni conciencia de su valor. La profesión parece morir poco a poco y en el proceso todos perdemos.

«El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse», de esta forma tan simbólica lo explicó uno de los reporteros más importantes y venerados, Ryszard Kapuscinski. Y así es como algunos aún lo entendemos y reivindicamos. Como esa luz en la oscuridad, ese faro entre cortinas de humo, ese foco necesario ante cualquier distracción.

*Este artículo fue publicado el 5 de junio del 2017 en El Periódico Extremadura

8 de junio de 2017
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Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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