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Últimamente, no sé si ha sido siempre así, se ha puesto de moda aliñarlo con humor, (cientos son los ejemplos que lanza la televisión y se repiten luego entre familiares y amigos, como los tan en boga machupichus o panchitos), y con ello, decimos, se filtra el dolor, el desprecio, la humillación. No es cierto y la operación que explica este fenómeno, parece, a su vez, simple: racismo + España

En el racismo, lo recubran del sabor que lo recubran, impera el amargor de la injusticia. Pueden vender tópicos y tirar de conocimientos superficiales o experiencias puntuales tuya y mías con este o aquel grupo, pueden mover los hilos del temor primario por lo desconocido y hasta pueden sazonarlo todo con la exposición de costumbres deshonribles o crímenes perpetuados por el colectivo en cuestión. Pero al simplificar, la operación que nos lleva y justifica la discriminación es sencilla: prejuicios + generalización. Así rezaban los reclamos de una llamada “manifestación absurda” que trataba de ponerlo de manifiesto: “no te fíes de los abuelos, son todos iguales” o “las mujeres con tacones no se quieren integrar”.

Últimamente, no sé si ha sido siempre así, se ha puesto de moda aliñarlo con humor, (cientos son los ejemplos que lanza la televisión y se repiten luego entre familiares y amigos, como los tan en boga machupichus o panchitos), y con ello, decimos, se filtra el dolor, el desprecio, la humillación. No es cierto y la operación que explica este fenómeno, parece, a su vez, simple: racismo + España. Vean, por ejemplo, este interesante artículo que habla de Oswaldo Wenceslao, el personaje de la serie ‘Aida’ sobre el que recae este estereotipo.

Pero esta sombra de injusticia no sólo persigue al que viene de fuera, hay una versión interna de este racismo, con más de seis siglos de historia y que se concentra, casi en exclusiva, en un grupo o “etnia” (que sería la palabra más precisa, según explican colectivos de expertos en sustitución de “raza”, que hace referencia no tanto a las cuestiones biológicas sino a las culturales), y crea una realidad inquebrantable que una gran mayoría hemos proyectado sobre los gitanos, esos ciudadanos a los que desalmamos para convertirlos en una carga social. Usando como cimientos una realidad parcial, consecuencia del devenir de la historia que ha sentenciado a este pueblo a situaciones de exclusión y pobreza extrema, hemos levantado a su alrededor una cárcel de la que nadie puede escapar. Una cárcel sólo para el gitano que hemos decorado sin pudor: hemos decidido qué valores tienes, si eres gitano; ya conocemos los detalles de cómo vives, si eres gitano; hemos señalado hasta dónde puedes llegar, si eres gitano; y ya sabemos qué quieres de mí, si eres gitano.

Pero no es verdad que esa jaula no tenga salida, sí que nos hemos mostrado dispuestos a reformar esa casa, a sacarle los barrotes y vaciar sus habitaciones para que sean los propios inquilinos quienes salgan, vuelvan, habiten como realmente son y la decoren a su gusto. Estamos dispuestos a abrir nuestra mente, despojarnos de lo que nos venden, y dejar que sean nuestros sentidos, de primera mano, los que nos digan quién eres. Seas o no gitano.

Que hay mucho por hacer respecto a nuestro racismo, sobra decirlo, pero las políticas de inclusión están funcionando en España, “considerada modélica para otros” en muchos aspectos, según explicaba la Fundación Secretariado Gitano en un comunicado con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano, el pasado 8 de abril. Pero ahora la crisis actúa como un huracán y estas minorías, todas las sensibles, son las primeras en sufrir las consecuencias. Nos alertan ya: cuidado con el antigitanismo.

En Europa viven 10 millones de personas gitanas, ¿de verdad podemos encarcelarlas a todas en una sola idea?

La “manifestación absurda” que puso en marcha la Fundación para impulsar la concienciación alrededor del colectivo, podría servir para cualquier otro sensible de discriminación. “Hemos recogido en esas pancartas muchos de los prejuicios que se tienen sobre las personas gitanas y los hemos extrapolado a otros grupos para evidenciar lo absurdo, injusto y discriminatorio de esos prejuicios”, explicaba la portavoz de la Fundación Secretariado Gitano, Mayte Suárez. Añadía la responsable que en el transcurso de la marcha fue “muy interesante ver la indignación de algunas de las personas aludidas que se han topado con nuestras consignas, su reacción al verse atacados por esos prejuicios absurdos; así es como nos sentimos muchas personas gitanas al ver cómo nos retratan algunos medios de comunicación o en otras muchas circunstancias”.

El olor que desprende el racismo impregna la historia, con y sin mayúsculas, y ha dejado en nuestras narices el tufillo de que si no la combatimos, la puede sufrir cualquiera.

11 de abril de 2014

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Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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