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Su caso se convirtió en el primero de los muchos que vendrían después. Ciberacoso, ciberbullying... pónganle el nombre que quieran, pero Lewinsky habla de que aquello pudo acabar con ella. Que la vergüenza casi la mata

Morir de vergüenza es posible. Quedar señalado, reducido a un acto, una imagen, un momento. No es nuevo, recuerda a esa simbólica letra escarlata, a los rumores de escándalos en pequeños barrios o pueblos e incluso a la imaginativa crueldad de los adolescentes. ¿Es parte de la humanidad? ¿Humillar a otros? ¿Con saña?

Son capítulos que pueden pasar por anecdóticos en una vida, pero pueden también destrozarla, sobre todo si de la realidad saltan al mundo virtual. Porque en la era digital, la humillación se multiplica de forma casi proporcional al número de visitas que reciba la historia.

Internet se ha convertido en un altavoz incontrolable, también para el odio o los insultos, y la falta de humanidad es la que impera. Ha pasado con la reciente tragedia del avión de los Alpes (se ha abierto una investigación por atacar a víctimas al ser catalanas), y con muchos otros casos. ¿Recuerdan a la presidenta de las víctimas del 11-M, Pilar Manjón, que, a pesar de sus esfuerzos, no consiguió hasta hace bien poco una investigación por insultos, acoso, amenazas? Y todos hemos oído hablar de jóvenes que se han quitado la vida por un vídeo privado que se convirtió en viral o unas imágenes comprometidas que, en cada historia de una forma, llegan hasta las redes sociales donde explotan. Sus vidas expuestas ante su vergüenza. Ante su impotencia. Casi siempre pertenecen a colectivos vulnerables en la vida real. Porque, en efecto, no es la herramienta en sí, sino el uso que de ella se hace.

La han llamado “cultura de la humillación”. Disfrutar humillando. Distanciados porque lo digital es frío, lejano, muerto, sin alma, quizás olvidamos que quien está detrás de la pantalla sí que tiene vida. Y es frágil. Esa historia no es una película, no es ficción, y su protagonista no saldrá ileso cuando llegue el fin. En demasiadas ocasiones esas personas acaban rotas.

¿Recuerdan a la joven Monica Lewinsky? Ha vuelto y lo ha hecho para recuperar su narrativa, recomponerse, salvarse a ella misma. Sí, es aquella mujer a la que conocemos por hacer una famosa mamada, sexo oral, perdón, al presidente, su entonces jefe, Bill Clinton cuando ella tenía 22 años. Y fue una bomba que corrió por la rudimentaria red digital de aquel 1998 (el efecto fue también televisivo, pero se avivó mucho por Internet ya en aquel entonces empezaba a mostrar su fuerza, aunque aún no existieran las redes sociales). Así se convirtió el primero de los muchos casos que vendrían después. Ciberacoso, ciberbullying… pónganle el nombre que quieran, pero Lewinsky habla de que aquello pudo acabar con ella. Que la vergüenza casi la mata. Y en esa degradación, que como ella han sufrido y sufren muchos otros, hay un negocio. “¿Cómo se hace el dinero? Con clics. Más vergüenza, más clics. Cuantas más visitas, más ingresos por publicidad”. Es decir, rentabilizar el sufrimiento de personas hundidas, avergonzadas, perseguidas públicamente por un error que cometieron. En algunos casos solo ser indiscretos. Y muchos de ellos son adolescentes. Escuchen con atención a Lewinsky (subtítulos en español).

 

 

En esta cultura, industria de la humillación, la humanidad desaparece y sólo queda un cadáver al que arrancamos pedazos como carroñeras con nuestros clics. “Alguien está ganando dinero con el sufrimiento de otras personas”, insiste la antigua becaria. Ella es un paradigma de esta cultura y, en su caso al menos, el final es feliz. Ayuda que Lewinsky ofrezca su imagen, tan clara para muchos de nosotros, que ceda su historia al servicio del mensaje, como el acento imprescindible a un tema tan complejo, el de la vergüenza y la humillación pública: es necesario recuperar la cultura de la empatía en la que ayudar a los demás ante sus vergüenzas también sea posible.

* El ciberacoso es un nuevo tipo de acoso que se da a través de las tecnologías de la información y la comunicación. Se puede definir como una agresión intencional, por parte de un grupo o un individuo, usando formas electrónicas de contacto repetidas veces contra una víctima que no puede defenderse fácilmente por sí misma (Smith et al., 2008).

27 de marzo de 2015

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Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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