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Si hay que cerrar las fronteras con cuchillas o ejércitos, se hace. Si hay que hacinar, desvalijar, olvidar, lo hacemos. Caiga quien caiga, es en nuestra defensa. Miren lo de París, miren lo de Colonia

Europa sigue blindándose para evitar, según explican por doquier, la entrada de violencia, del fanatismo encubierto. Apunta como causa a un monstruo que amenaza con devorarla, y advierte de un terrorismo que viene de fuera, que nace allí, lejos, en países en los que habita el mal. Y puede colarse si les dejamos pasar. Y sin que la vergüenza aparezca en esas palabras, Europa va más lejos y afirma que ésta no es su crisis y que no puede hacerse cargo. Que todo es culpa de esos bárbaros, de esas otras culturas, de esas otras religiones. Otros, todos los demás. Europa se acobarda y miente, y se esconde aterrorizada por perderse antes incluso de haber sido.

Obra de Kani Alavi en el Muro de Berlín

De ese terrorífico lobo allende los mares hablaba ya George Bush tras los ataques del 11 de septiembre para ganar elecciones, y con esa fiera por bandera que devora nuestra seguridad, nuestro bienestar, incluso, a nuestra familia, se mueven los hilos de la xenofobia y del egoísmo. Así nos distanciamos de las muertes y los maltratos que estamos permitiendo. Como si fuera inevitable, distante, como si nosotros no pudiéramos hacer nada y ellos fueran otros.  En su nombre, si hay que cerrar fronteras con cuchillas o ejércitos, se hace. Si hay que hacinar, desvalijar, olvidar, lo hacemos. Caiga quien caiga, es en nuestra defensa. Miren lo de París, miren lo de Colonia. El miedo está justificado.

Y así anda Europa, a la deriva, olvidando que tras esta crisis de refugiados, la peor desde la Segunda Guerra Mundial, sólo hay personas. Personas que huyen de guerras en la que nosotros, Europa, somos cómplice y parte. Olvidamos a niños, mujeres y hombres que apenas conservan fuerzas para imaginar un futuro que no les ahogue, que no les acorrale, que no les devuelva a guerras infinitas, que no les retire la mirada ni les ponga la zancadilla. Que no les culpe de su situación. Personas que viajan para sobrevivir, si es que el mar no los engulle, mientras nosotros hablamos de seguridad, números y terrorismo, y debatimos sobre cuál es la mejor forma de cerrarles puertas. La última cifra de la tragedia: Europol calcula que 10.000 menores refugiados han desaparecido tras llegar a Europa. De ciencia ficción.

Podríamos hablar de otros titulares como éste: la UE no cumple ni con los envíos de mantas y chubasqueros para refugiados. O de países concretos como éste de la alavada Dinamarca, que va a confiscar bienes de los refugiados para “financiar” los costes sociales de su atención. Fuera la poca dignidad que aún resiste. Ojo, que no es la única. Suiza ya lo hace, también parte de Alemania. Ni es lo peor que está ocurriendo.

Son centenares los ejempos que podríamos ennumerar. Pero, centrémonos en esta España nuestra. Esa que, para variar, sigue a lo suyo, a su ombligo. La mayoría de países, al menos, coloca la crisis de refugiados en el centro del debate político. Nosotros, los españolitos, no; que ya tenemos bastante. Nos limitamos a criticar a otros y señalamos a los del norte, que ayuden ellos. ¿Qué podríamos hacer nosotros?, nos decimos. Más allá de heróicas acciones y solidaridad puntual, podemos (debemos) exigir a nuestros politicos que busquen formas de solidaridad permanentes y que nuestras políticas exteriores no provoquen estas situaciones. Y no olvidarnos de ellos. Hablar. Indagar. Estar informados. Sí que hay formas de minimizarlo. Esos países del norte a los que criticamos tanto destinan, por ejemplo, el 1% de su PIB en ayuda oficial al desarrollo.

Sea como sea, Occidente sigue acobardándose y se hunde junto a todos esos cuerpos que no rescata. Y, entre tanto, dedica sus esfuerzos a blindarse y convencernos de que ésta es la única forma: porque los refugiados, los extranjeros, son violentos, son amenaza, son criminales, son terroristas, y nos quitan los nuestro, que ya es poco. Así callan su conciencia, y la tuya. Y la mía. Y así vamos comprendiendo, convenciéndonos de que el relato es como ellos nos lo cuentan. Nos entristecemos sí, pero podemos seguir viviendo con nuestra pequeña frustración, a pesar de guetos, a pesar de niños en las orillas. Y todo en nombre de una ficción, de un humo, de un instinto primario: el miedo.

4 de febrero de 2016

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Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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