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Los de unas familias y los de otras, descendientes del que ganó o del que perdió, todos somos nietos con la obligación de escribir en los libros de historia de colegios e institutos lo que ocurrió entonces. Por el bien de todos.

Las heridas están abiertas en España y no se cierran por negar el dolor que suponen ni por minimizarlo con la ironía que sólo permite la victoria. Siguen ahí y es necesario desenterrar muertos y reponer la dignidad de las víctimas para evitar el sangrado o posibles infecciones.  Un país que se tiene por democrático ha de escribir el último capítulo de la historia de la guerra y del franquismo de forma conjunta, con ciudadanos que partan de una conciencia de igualdad entre ellos y respecto a su país. La tranquilidad con el pasado se necesita para vivir en paz el presente y crear un futuro fuerte y sin pies de barro.

Para ello, hay que acabar con esa amnesia que algunos quieren imponer. Y eso se hace con dinero público, con políticas que vertebren las acciones, con palabras que expongan la realidad y, por qué no, con documentales como ‘Las víctimas sin llanto’.

Las gaditanas Vanessa Perondi y Sara Gallardo han creado este reportaje documental que pone el foco, con crudeza, en las mujeres que en el sur gaditano, como en muchos otros rincones de España, sobrevivieron a este drama sin respuestas. Son las voces valientes de seis mujeres. Tres de ellas lo vivieron en primer persona y en ellas aún se atisba algún gesto de recelo. Pero hasta ellas han dejado de temer sus lágrimas. Saben que son víctimas pero también legado. Son esas que aún pueden hablar. Las otras tres voces son de nietas.

Como las autoras, son de una generación que, poco a poco, se va empoderando para hacer grietas en nuestro olvido y hacernos recordar. Son parte de esos nietos que hoy exigen volver la mirada atrás, nietos de esa cruenta etapa de nuestra historia que sienten que tienen, tenemos, que recuperarla. Porque somos los primeros desprendidos de un miedo que ha callado demasiado, que ha dejado demasiadas “víctimas sin llanto”. El documental impacta de lleno en el mutismo que sigue existiendo en torno a la Memoria Histórica (con o sin mayúsculas). El terror se hereda, insisten las mujeres del reportaje, como el silencio; ambos “se maman”. Y van tapando la tragedia, enterrándola no sólo en las cunetas sino también en una amalgama de sentimientos que se entremezclan: miedo, vergüenza, dolor, ira, miedo otra vez. Nietos son también muchos de los impulsores de la maltratada Asociación de la Memoria Histórica.

En realidad, todos somos sus nietos. Los de unas familias y los de otras, descendientes del que ganó o del que perdió, todos somos nietos con la obligación de escribir en los libros de historia de colegios lo que ocurrió entonces. Por el bien de todos, aunque algunos políticos se empeñen en enfangarlo. Hemos crecido en democracia y tenemos la oportunidad, y la obligación, de demostrar que en esto no hay bandos. Que las heridas nos duelen y perjudican a todos, que superaremos los enfrentamientos para curarlas. Es hora de dar a las víctimas el consuelo que merecen de una vez por todas. Para entendernos. Para mirarnos los unos a los otros a los ojos y saber, orgullosos que sí, que, ante todo, estamos en democracia.

10 de septiembre de 2016
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Sobre mi blog:

Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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