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Eso es lo que toca ahora, contar las demasiadas tragedias que atraviesan la migración, ese mal de nuestra actualidad convertido ya en la llama que prende los instintos más básicos del hombre moderno y que ha arrojado luz suficiente para dejar al descubierto las miserias vergonzantes que nos definen. Sí, esa xenofobia que tan bien describía “Matar a un ruiseñor”, ya en 1962

Ya está bien de expiar culpas. Ya está bien de lamentarse por los crímenes que cada día ocurren ante el silencio desconcertado de algunos y la dejadez prudente de otros.  Ya está bien de escudos; yo, él, tú, ellas, no son solo números, nos somos otro “20 01”. No somos sólo eso, pensaba cuando acabó el primer acto y yo formaba parte de ese público que habían convertido en un inmigrante por deportar. En mi cabeza revoloteaban las palabras que nos dirigió el policía: “cuéntaselo a tus amigos, cuéntale cómo os tratamos aquí”.

Eso es lo que toca ahora, contar las demasiadas tragedias que atraviesan la migración, ese mal de nuestra actualidad convertido ya en la llama que prende los instintos más básicos del hombre moderno y que ha arrojado luz suficiente para dejar al descubierto las miserias vergonzantes que nos definen. Sí, esa xenofobia que tan bien describía “Matar a un ruiseñor”, ya en 1962. Porque el racismo se dibuja protagonista en parte de esta nueva Europa a tenor de los resultados de las elecciones europeas de ayer,  pero también está aquí, en esta España de las sangrantes vallas de Melilla, de las pateras, de los oscuros centros de internamiento para extranjeros, de las mesas de camilla fúnebres en los hospitales de nuestros centros de salud públicos… Hablo de todas esas personas de otros países a los que hemos despojado de su derecho a vivir como si fuéramos dioses desalmados  (algunos indignados, eso sí) y ellos, los inmigrantes, sólo perros.

Hay ocasiones en las que uno no sabe qué hacer. La frustración paraliza y a pesar de despreciar ese trozo vergonzoso de nuestro mundo, uno no sabe cómo luchar, cómo encajar en esta vida compleja que tenemos una acción, una aportación, un detonante que ayude a transformarlo o, al menos, a denunciarlo. A veces, uno se siente avergonzado porque conoce su complicidad y sabe que se acurruca en su zona de confort, sabe que obtuvo su “pájaro en mano” sólo por haber nacido donde lo hizo. Pero no lo eligió. No es su culpa. Y se calla. Y continúa.

making_un_trozo_invisiblePero a veces, uno encuentra un revulsivo, quizás una película que le remueve o un libro que le entiende o una canción que le sacude, y en ese momento, mágico, cuando algo de fuera conecta con lo más íntimo de tu ser, se crea la metamorfosis y ya nada vuelve a ser igual. Y quiere los ciento volando. Uno siente que siempre hay una opción, otra opción. Uno siente que era eso lo que necesitaba. Y eso mismo fue lo que le dije a Juan Diego Botto mientras aplaudía su catártica obra “Un trozo invisible de este mundo”, con cinco actos, sólo cinco ejemplos de los miles que hay, sobre la migración y el exilio. Lo necesitaba. Su trabajo, su reflexión, su memoria son necesarios hoy, aquí, ahora. Por eso, y porque este trabajo, junto a Astrid Jones y con Sergio Peris-Mecheta en la dirección, resulta sublime, esta noche los Premios MAX (los máximos galardones de las Artes Escénicas de España) le darán, por seguro, varios, si no todos, de las seis nominaciones que ha recibido.

Porque hablar de lo que ocurre, es necesario. Y eso es lo que hace Botto: comunica, cuenta historias, no deja que se pierdan en el olvido ni que otros las desvirtúen, ni que unos cuantos “argumentos lógicos o intelectuales” acallen la verdadera razón que hay detrás: que todos somos iguales. Sin demagogias. Iguales. Yo, él, tú, ellas. Lo mismo.

Y no me pregunten por qué, me fui de allí pensando en aquella letra de Lole y Manuel que sonaba en las vacaciones de mi infancia,  “el cardo siempre gritando y la flor siempre callá” y seguí toda la noche tarareando “que grite la flor y se calle el cardo”.

Ésta, nuestra época, la que compartimos tú y yo, tiene todas las papeletas de ser reflejada en la Historia, en esos libros (o tablets) que leerán los niños del futuro, como la del trato despiadado al inmigrante, a esas personas que, valientes, buscaron un mundo mejor que el que les tocó. Y nosotros, a menos que gritemos y lo cambiemos, formaremos parte de ella.

 

*Consulta en este enlace los premios que ha recibido la obra ‘Un trozo invisible de este mundo’ (disponible a partir del día 27)

26 de mayo de 2014

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Sobre mi blog:

Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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