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Mientras demasiados miran desde la orilla, debatiendo que quizás sean muy blandos, que tal vez tengan que aprender a nadar solos o que, al final, todo aquello les hará más fuertes, él es acosado por tantos porqués sin respuesta que pierde la batalla

Tiene diez, trece, quince años, y antes de abrir el cascarón del todo decide que no quiere más, que le duele demasiado, y tira por la borda las cartas que la vida le ha repartido antes incluso de verlas. Se ahoga por el peso que hay sobre sus hombros. El desprecio es el que le hunde. El que le llega de sus compañeros, del lugar donde debería ir a aprender, de aquellos que, soñaba, serían sus amigos. Niños que le han convertido en diana de bromas pesadas, de insultos, de dardos de humillación. Niños que probablemente tendrán unos padres que no han sabido, no han querido o no han tenido tiempo de enseñarles el valor del otro, el respeto por los demás, la sensibilidad de pertenecer a un grupo, de que nadie es igual, de que nadie es normal. Ni el mejor, ni tampoco el peor. Padres alejados de su papel, figuras insensibles, quizás con dinero, quizás no; pero, eso sí, dispuestos a callar al profesor, a otro alumno y a quien haga falta si se pone en entredicho la virtud de sus pequeños. Sin más explicación. Porque por sus niños matan.

¿Cómo ha de sentirse una persona tan joven para actuar bajo el ‘hasta aquí, no puedo más’? Desgarrada, herida por una diferencia que no identifica, ni entiende, ni desea. Enloquecida por un dolor lleno de vergüenza, la suya y la que despierta en aquellos a los que quieren. Desbordada: encuentra desprecio donde debería haber juegos, burlas donde debería haber curiosidad, indiferencia donde debería haber apoyo. Ni las hadas muestran ya ternura. Así que desaparece para no ser señalada, para eliminar esa hiriente carga. Su tendencia sexual o el color de su piel o su capacidad intelectual o el volumen de su cuerpo. Su acento, también. O su buena educación. Puede ser su baja estatura o su extrema altura. Es algo que les hace diferentes. La diferencia que tanto asusta.

Mientras demasiados miran desde la orilla, debatiendo que quizás sean muy blandos, que tal vez tengan que aprender a nadar solos o que, al final, todo aquello les hará más fuertes, él es acosado por tantos porqués sin respuesta que pierde la batalla.

Pero no son los niños crueles los culpables, ni tampoco lo son sólo los padres. Es esta fallida forma de educar y estos devaluados centros educativos. Y no sólo eso, es el sistema. Relegar lo prioritario, olvidar lo esencial. Es esta deriva, este naufragio en el egoísmo y la competitividad. ¿Es que nadie me entiende?

21 de enero de 2016

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Sobre mi blog:

Otra voz, otra mirada, otra idea. Una alternativa que te seduce, te indigna, que envidias o temes. Quizás te quite la razón, tal vez te la dé. Con argumentos. Sobre lo que importa. ¿Quién decía aquello de que la verdad consta de la suma de perspectivas? Siempre viene bien conocer la otra

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