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No hacemos más que practicar el deporte nacional que no es otro que culpar a los demás de nuestros problemas y no coger el toro por los cuernos

Deberes. Vaya polémica. Qué injusticia. ¿A qué sí? Este país es así. En el momento en el que escuchamos la palabra deberes nos echamos a temblar. ¿Querrá eso decir que estamos obligados a hacer cosas? ¿No eran sólo derechos lo que teníamos?

Somos así. Sólo necesitamos que unos suecos vengan a decirnos que hacer con nuestro tiempo para montar en cólera y defender a muerte a nuestros niños.

A muerte. Claro que sí. Pobres criaturas a las que se maltrata en las aulas por esos seres privilegiados que tan sólo valen para estar de vacaciones y amargarles la vida a nuestras criaturas. Seguro que los docentes suecos no son así.

A buen seguro que caminan por las aulas con nariz de payaso, cantan, bailan y hacen la vida de nuestros hijos mucho más sencilla.

Porque eso parece ser que es lo que pensamos. Que en este país somos una auténtica mierda por culpa del docente, del sistema educativo que falla estrepitosamente. Que la sociedad no tiene nada que ver en eso. Que es culpa de otros.

¡Qué fácil resulta afirmar eso! ¿A qué si? Al fin y al cabo no hacemos más que practicar el deporte nacional que no es otro que culpar a los demás de nuestros problemas y no coger el toro por los cuernos, aceptar nuestra culpa y empezar a enderezar las cosas.

Pero es que eso requiere un esfuerzo, un sacrificio al que ni de broma estamos dispuestos. Y por supuesto, no estamos por la labor de tomar partido en la educación de nuestros hijos. ¿Quién es el profesor para amargarme a mi las tardes?

¿Por qué no cumple con su obligación y nos deja de dar la monserga en casa? Porque en realidad es eso. Nos importa un pimiento que nuestros hijos tengan deberes o no y en muchos casos que les vaya bien o no. Lo que realmente nos preocupa es no poder esquivar nuestra obligación de poner como padres nuestro esfuerzo en que la educación de nuestros hijos avance. Es más fácil que lleguen a casa y no nos joroben el poder ir a comprar, que no haya que revisarles la agenda o que no haya que sentarse con ellos a ayudarles en aquellas cosas en las que puedan tener dudas y nosotros podamos ayudarles. Es más fácil que se ocupen otros. Esos flojos a los que les pagamos un sueldo y viven a cuerpo de rey. Eso es lo lógico, lo normal. ¿Quién se va a preocupar por su educación sino? ¿Nosotros? ¿Sus padres? Venga ya.

Pablo Sánchez
13 de diciembre de 2016

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