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La llamada 'emoción de la apertura' es la que nos facilita crear vínculos con los demás, siendo como somos una especie social. Es también la emoción que, de alguna forma, nos empuja a aprender

“Ahora me entero de que estos chicos tienen que ser felices” así en tono burlesco, como diciendo “esto ya es lo último”. Pues con esta cantinela y esta sorna me interpeló un docente hace unas semanas, refiriéndose a un alumno suyo de apenas 12 años con necesidades educativas específicas y que, a raíz de un síndrome que padece, es un niño con diversidad funcional. Este profesor en concreto, y acentúo la concreción, prefiere llamar a esta característica ‘retraso mental’ o en el mejor de los casos ‘discapacidad intelectual’. El docente se debatía entre su deber de enseñar frente a su posibilidad de agradar, entre la obligación de exigir y ser firme que le demanda el sistema y la necesidad de acercarse con afecto y sin expectativas a un niño que le pide su emoción, como si resultara meridianamente imposible -o al menos eso llegamos a creer a menudo- aunar, casar o siquiera combinar ambas actuaciones. En el fondo casi todos hemos estado en esta bifurcación más de una vez. Por eso, antes de seguir, acentúo lo anecdótico de la conversación. No pretendo señalar a los profesores, sino a la sociedad, a sus conceptos y, muy particularmente, a los de cada uno de nosotros.

Desde ese día, he pensado mucho en esta idea. Me doy cuenta que, a veces, ser feliz y aprender generan una dicotomía perversa. Se provoca un error de partida que, además, nos facilita situar a las personas en un lado del continuo o en el otro; para apreciarlas o despreciarlas. Seamos sinceros, esta vara de medir tan rudimentaria como cruel y superflua no se circunscribe exclusivamente a lo académico, ¡qué va!

Cuando le doy vueltas a estas ideas, dale que te pego, tengo la sensación de que como sociedad, como cultura si prefieren, estamos “perdiendo el sur” (permítanme la licencia en el punto cardinal porque soy andaluza y la tierra me tira mucho, además de hacer, como la que no quiere la cosa, un intento de alternativa a lo manido). A lo que voy, ¿acaso existe principio más importante que construir personas felices? ¿no debe ser el más supremo de los objetivos que todos y todas alcancemos esta meta en nuestra vida? Y lo último, pero no menos importante, ¿es que el proceso de aprendizaje, por cómo se conceptualiza, es incompatible con la consecución de la dicha?

La alegría

Ya ha llovido mucho desde que Paul Ekman planteara que en los humanos conviven seis emociones básicas (la alegría -léase en este caso, felicidad- la tristeza, el miedo, la ira, la sorpresa y la repugnancia), cumpliendo todas ellas una función adaptativa trascendental. Todas tienen una RAZÓN de ser dentro de nuestro cerebro y a todas ellas las necesitamos. Han sido multitud los estudios e investigaciones sobre el tema habida cuenta de la repercusión que aquello que sentimos tiene en nuestro devenir cotidiano. Los más recientes al respecto reducen las tradicionales seis manifestaciones emocionales básicas a cuatro (Rachael E. Jack). Pero la alegría, nótese si es importante, se mantiene entre ellas impertérrita, actúa como un potente faro en nuestro viaje por la vida, el lugar al que eternamente anhelamos dirigirnos.

De hecho, y no en vano, la alegría se considera “la emoción de la apertura”, la que nos facilita crear vínculos con los demás, siendo como somos una especie social. Es también la emoción que, de alguna forma, nos empuja a aprender. Tendemos a repetir lo que nos proporciona bienestar y, así, facilita en alguna medida la adquisición de nuevas habilidades y conocimientos. ¿No será, por tanto, imprescindible incorporar lo positivo al aprendizaje? ¿No es cierto que tomamos nota de todo lo que sucede, no sólo en la escuela, también en nuestra casa, con los amigos o en el metro? ¿No nos hace esa inmensa capacidad de aprendizaje de la mente ser responsables todos nosotros de la educación del otro y de la nuestra propia?

Dejemos ya, por tanto, de intentar producir “productores”, valga la redundancia. Eduquemos y procuremos ser personas felices, alegres, porque eso nos acercará al resto, y todo lo que hagamos, enseñar y aprender, tendrá un motivo, una línea de llegada y una carrera llena de gozo. Y entonces sí, de profundo crecimiento. Vamos a tirar la lupa de buscar defectos, de categorizar faltas, incrementemos con el microscopio del tan traído y llevado bien común, las potencialidades que cada uno y cada una de nosotros posee. Y entonces sí, transmitamos conocimientos, sumas, restas, historias, cuadros.

Por cierto, volviendo al principio, ¿que si estos niños tienen que ser felices? Rotundamente sí. Ellos, como todos los demás. En la alegría de construirnos en sintonía con los demás o en la ausencia de ella; de la sintonía.

Por favor, señores gobernantes, introduzcan esta materia de una misericordiosa vez (pretendo no ser soez con el adjetivo, y me cuesta), en los currículum escolares. Incorpórenla como una necesidad irrenunciable al mundo porque lo es. No querer verlo, como en tantas cuestiones, no hará que la herida se cierre, más bien nos irá produciendo cada vez más tristezas, soledades, desigualdades, violencias… y todo eso está bastante claro con un breve vistazo a la prensa que sí lo sabemos transmitir. ¡Venga! ¡Muévanse! ¡Movámonos! Ya va siendo hora.

Aurora Rustarazo
25 de febrero de 2016

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