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Después de llevarnos las manos a la cabeza contemplamos cómo cada cual defiende su inmovilismo en base a diferentes argumentos rara vez coherentes y para nada aceptables

Hoolingans, cobardes y corruptos. Así se podría definir la política española hoy en día. Y es que desgraciadamente las cosas están como están. El que quizás sea el periodo político más importante de nuestro país desde el inicio de la democracia, no termina de cristalizar en una renovada sociedad con valores más claros y consolidados porque nuestros políticos, los que deberían liderar la evolución social, son el propio freno de esta tan deseada revolución.

Da igual a quien se vote. Si preguntas a cualquiera por la situación del país, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza. Pero, entonces, ¿por qué cuesta tanto dar un vuelco a la situación, movilizarse y apostar por el futuro en lugar de anclarse en el pasado? Pues porque después de llevarnos las manos a la cabeza contemplamos cómo cada cual defiende su inmovilismo en base a diferentes argumentos rara vez coherentes y para nada aceptables.

Están los políticos que disfrazan ese inmovilismo de un falso afán de progreso y de su fidelidad a los colores de un partido, sea cual sea, y que no ven más allá de lo que sus falsos profetas les predican. Estos son los hooligans, los que creen que el mundo es un partido de fútbol sin final en el que ciegamente debes ser fiel a unos colores contra viento y marea. Es la sinrazón de quien incapaz de pensar con coherencia, desarrollar un pensamiento crítico y tener ideas propias, sigue a un líder que pone en sus bocas términos, ideas y conceptos que para nada entienden. Es un poco lo del traje nuevo del emperador. Hay que intentar no parecer tonto y de paso, si te dejan, chupar del frasco todo lo que se pueda que para eso doy mi sangre si es necesario por a quien no le importo. Porque, no nos engañemos, aquellos que alcanzan los puestos de poder en los partidos políticos, los que en realidad ansían poder, no se han metido en esto porque realmente les importe la sociedad en la que viven, sino porque en su mayor parte, y salvo honrosas excepciones, tienen sed de poder y de adquirir un estatus social que sólo la política les puede dar y les importa un comino a quién deban sacrificar en el camino. De ahí la altanería que demuestran, la altanería del que se cree superior, la altanería de aquel al que los otros han hecho creerse superior.

Luego tenemos a los cobardes, a los que por muy claro que tengan que la sociedad agoniza lentamente y por mucho que en pequeños círculos vociferen y dejen claro lo que se debería hacer para que las cosas cambiarán, cuando llega la hora de la verdad esconden la cabeza cual avestruz y no quieren saber nada. Y no sólo eso, sino que cuando sacan la cabeza lo hacen para enterrar la de aquellos que aún se atreven a mirar al poderoso a la cara, no vaya a ser que por culpa de esa mirada desafiante del ‘atrevido’, pierdan las migajas que caen a sus pies y les hacen sentir alguien.

Y luego están los corruptos, los capos, los ídolos del partido, los ídolos de esta sociedad a la que pisotean a su antojo a sabiendas de su inmunidad.

Y si todo esto es así es porque nosotros, los de a pie, no somos más que fiel reflejo de lo que son hoy día nuestros políticos y hemos pasado de ser palanca de cambio, si es que alguna vez lo fuimos, a meros siervos del sistema que hemos permitido y ante el que nos rendimos.

Pablo Sánchez
12 de mayo de 2016

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