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Se muestran panorámicas de la imponente belleza de la ciudad de Río pero pocos se acercan a ver la militarización de sus calles, la represión y el traslado forzoso en los barrios más deprimidos

Una de las lecciones que más me marcaron en el instituto fue aquella en la que mi profesor de Filosofía, Eduardo, explicaba cómo Nietzsche criticaba la negación de la humanidad de la parte dionisiaca de la vida. Y no dejo de pensar en estos Juegos de Río de Janeiro como el perfecto paradigma que lo pone de manifiesto.

En breve –y con perdón por esta máxima de la simplificación filosófica-, los mitos griegos mostraban tanto las virtudes (la parte apolínea) como las bajezas (la dionisiaca) de los dioses y, por ende, de los seres humanos. Sin embargo, la llegada de Sócrates y posteriores pensadores hicieron negar a Dionisos, que representaba a la tragedia, la muerte, el sexo, el alcohol… todas las bajezas humanas, para resaltar sólo a Apolo, el dios de la luz y la razón. Así llegamos a nuestra civilización, que añade la coacción religiosa judeo-cristiana, reprimiendo y escondiendo toda esa parte oscura de la vida que, por mucho que neguemos, existe y que tanto necesitamos. Estos Juegos, cuyo origen también vienen de Grecia, lo reflejan.

En la cobertura mediática de este evento se exalta el espectáculo olímpico pero se pasa de puntillas por los persistentes problemas de organización y obras que ponen en peligro la salud de los propios deportistas. Se muestran panorámicas de la imponente belleza de la ciudad de Río pero pocos se acercan a ver la militarización de sus calles, la represión y el traslado forzoso en los barrios más deprimidos. Vemos la belleza del deporte, ignoramos las corruptelas de los organizadores.

En España nos hinchamos de orgullo por nuestras deportistas, que copan la televisiones y nuestras redes sociales, del mismo modo que con toda seguridad las competiciones femeninas serán prácticamente ignoradas cuando estos días pasen.

Qué irónica tragedia resulta que una democracia ya consolidada como Brasil, por sus propios mecanismos, haya sido auto-secuestrada por unos varones, blancos y terratenientes, que resultan más corruptos que la propia gobernante por esta causa apartada. Qué pena que muchos jóvenes españoles, por un sistema educativo que supuestamente pretende ser mejorado, no vayan a oír hablar ni de Nietzsche, ni de los mitos griegos, ni tampoco al genial Eduardo.

O quizás no sea necesario meter a la filosofía en todo esto. Al fin y al cabo también se trata de un asunto que refleja nuestra pura y simple hipocresía.

Marian Rosado
15 de agosto de 2016

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