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En mi caso hacerme madre me convirtió en ser menos madre y más mujer sin hijos. Raro, ¿no? Me sentí culpable a ratos por sentirlo de una manera tan natural. Llegar a comprender que tengo necesidad de completarme con otras mil facetas, fue recuperar mi yo adolescente

Ha transcurrido más de un año ya y ahora es cuando empiezo a tener algo de perspectiva de la maternidad. He pasado por todos los estados de ánimo que puedan existir, simultaneándolos muchas veces. Es difícil. Es el mayor reto de mi vida.

Hoy miraba a mi hija y ella me miraba a mí. Hemos tenido un diálogo.

La maternidad. ¡Cuánto se habla de ella, cuántos hablan de ella incluso sin saber de qué hablan! Opinar es fácil y si eres mayor, mucho más. La licencia, encima, sale gratis. Creer saber qué supone ser madre te sitúa de pronto bastante más lejos de la realidad.
 La maternidad es diferente en cada mujer, eso leo por ahí todo el rato, y lo suscribo. En mi caso hacerme madre me convirtió en ser menos madre y más mujer sin hijos. Raro, ¿no? Me sentí culpable a ratos por sentirlo de una manera tan natural. Llegar a comprender que tengo necesidad de completarme con otras mil facetas, fue recuperar mi yo adolescente. Fue dejar de ser un rehén. Un rehén para una sociedad que te dice qué comer, qué hacer, qué ponerte y por supuesto, no iba a ser menos, qué sentir en cada momento. Con la maternidad no iba a haber una excepción. Todo lo contrario. Es el pretexto perfecto para sembrar polémicas, enfrentamientos y hacer negocio. El capitalismo agresivo también se encuentra detrás de esta fiscalización de los sentimientos; es bastante rentable.

Dar el pecho o no darlo, colechar o que el bebé duerma solo, tener más hijos o plantarte en el primero, mostrarte espléndida como una madre de anuncio o permitirte el lujo de decir bien alto que no puedes más, darle comida ecológica o potitos preparados… Y así un sinfín de decisiones que te catalogarán como una madre digna de admiración o una madre de mierda.

Mirar a los ojos de mi hija y ser franca con ella y conmigo me convirtió en mejor madre. Ella me necesita como mujer, solo así puedo ser una buena madre. Y como mujer no consiento que se me haga un juicio continuo por muy nimias que sean las decisiones a tomar. Quiero mostrarle que podrá hacer lo que quiera con su vida, tal como tuve la suerte de hacer yo. Y eso solo puedo enseñárselo desde la libertad de sentirme libre para pensar, decir, decidir o hacer. Ese es un estado complicado de conquistar pero es una lucha en la que nos implicamos a diario y que requiere de una fuente de energía inagotable. Me encantará decirle que la empecé a querer mucho cuando nos conocimos, no antes, no cuando no existía, ni cuando me bombardeaban con anuncios en la tele o con comentarios imprudentes en la calle.

Mi hija lo sabrá, ya lo sabe de hecho. Me quiere a mí, no a la madre que soy. No soy mejor madre por el solo hecho de serlo.

A las personas que juzgan las maternidades, algunas sin tener hijos, me gustaría no decirles nada. Me gustaría regalarles un chute de vida maternal de un solo día para hablar con conocimiento sobre las cosas.

Tengo una amiga que ha sido madre también recientemente y con ella comparto alegrías y penas, pero sobre todo, comparto la aventura del autoconocimiento, el hambre y a veces, la higiene postergada al final del día (si hay suerte), la locura constante de perder el control de las situaciones y volver a tenerlo varias veces en un mismo día. Y sentirte una heroína por lograr terminar, aunque sea a rastras, de criar (en su caso por duplicado) a un ser humano. ¿Existe alguna responsabilidad más grande que esa?  En definitiva, comparto con ella esta experiencia tan incomparable e inenarrable que es ser madre.

Es increíble ver cómo cambian los cuerpos y la mente se adapta a la crianza. Cómo desafiamos a los minutos y esquivamos el sueño, la tristeza que provoca el cansancio extremo y sacamos fuerzas de la savia de nuestros hijos. Y te motivas. Yo me motivo y ahora sí puedo decir que disfruto de los momentos que son un regalo para revivir aquello que no recordamos; nuestra primera infancia. Y pasará igual cuando vaya haciéndose mayor. Espero seguir sintiéndome conectada a mi yo más adolescente y que seamos capaces de vivir con libertad nuestra vida de mujer sabiendo el porqué de escoger el camino que queremos andar y por qué los juicios de los demás no sirven más que para hacernos más salvajes.

Poder enseñarle eso estaría bien.

Virginia G. Prados
25 de mayo de 2017
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