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Ni un idioma, ni un trabajo, ni un bolsillo más lleno, habrían logrado sacarme de mi círculo de comodidad si no es por la desesperación que la mayoría de jóvenes, y algunos no tan jóvenes, sentimos al no ver un futuro

“¿Por qué te has ido?” No podría recordar el número de veces que he escuchado esta frase en los últimos tres años de mi vida. Es una de las preguntas inevitable que todo buen inmigrante debe pasar. “¿Qué haces en ese nuevo país? De verdad, ¿merece la pena?“.

A día de hoy, y tras una vuelta que aún no sé si describir como más o menos traumática que la ida, aún me quedo bloqueada cuando surgen estas cuestiones que se llegan a convertir en una constante incógnita para quien debe responderlas.

Cuando alguien toma la decisión de guardar sus recuerdos en una maleta y alejarse de su familia, amigos, mascotas… en resumen, de su vida, se presupone que lo hace con un motivo muy concreto. He escuchado diferentes versiones: aprender inglés, ganar dinero, encontrar un trabajo acorde a los estudios o simplemente huir de un mal momento anímico. Sin embargo, yo no creo que sólo esos motivos nos empujen a partir. Hace ya varios meses, podría decir que más de un año incluso, creo que logré encontrar una solución ante tal cuestión con la que me sentí mucho más acorde: “Yo no me fui, a mí me echaron“.

A pesar de que encontré esa respuesta, todavía no sé qué porcentaje de verdad hay en dicha afirmación, pero lo que sí puedo asegurar es que ni un idioma, ni un trabajo, ni un bolsillo más lleno, habrían logrado sacarme de mi círculo de comodidad si no es por la desesperación que la mayoría de jóvenes, y algunos no tan jóvenes, sentimos al no ver un futuro.

Recuerdo perfectamente el día que tomé la decisión. Apenas habían pasado cuatro meses desde que terminé mi trabajo como periodista. Los primeros días intentas superarlos sintiéndolos como unas vacaciones más, pero luego llega ese momento en el que despiertas, abres los ojos y te das cuenta de que la pesadilla es real. Tras cinco años trabajando prácticamente de continuo, con una hipoteca y una vida completa en mi ciudad natal, todo había dado un giro de 360 grados y me tocaba adaptarme a ello.

Cuando era pequeña no había quien no me recordara la suerte que teníamos los de nuestra generación, aquellos que habíamos nacido con “”todo mascado”, como dicen en mi pueblo. Pero ahora me surgen dudas de ello. Somos la generación mejor preparada, estudiamos una carrera porque era necesario para llegar muy lejos, nos especializamos con masters porque es imprescindible destacar, aprendemos informática para estar al día en las nuevas tecnologías, y, por supuesto, estudiamos idiomas, porque ahora todo es universal… Sin todo esto, nos aseguraron que no seríamos nadie. Y ahora me pregunto: después de todo, ¿qué? ¿a vivir de prestado?

Irse al extranjero no es ni blanco ni negro. La gama de grises es inmensa y son muchas las emociones y situaciones que vives. Si tuviera que valorar mi experiencia a más de 1800 kilómetros de casa, ya sólo recordaré los buenos momentos; esos que te hacen más fuerte, que te demuestran tu valor, tu capacidad y tus ganas de lucha. Pero entre tanto, también se quedan atrás días de sufrimiento, días en los que no entiendes por qué después de haber seguido todos las ‘obligaciones’ que tu sociedad te impuso desde temprana edad, por qué después de haber trabajado tan duro, después de haber dado todo por un sueño, tenías que irte tan lejos.

Lo primero fue el viaje, ese que aún no tengo muy claro como decidí comenzar: ¿me obligó la situación o lo elegí yo? Sea como fuera, lo hice. Y comenzó realmente duro.

Llegué a un país dónde no comprendía ni una sola palabra. Tras muchos esfuerzos logré llegar a la que se suponía mi nueva ciudad de residencia, Bournemouth. Como muchos de los que parten a día de hoy, y gracias a que, por suerte, tengo una familia que ha podido prestarme su ayuda, yo llegaba con una habitación alquilada y una escuela para estudiar inglés ya contratada. El problema fue cuando entré por la puerta.

Un chico, que nunca supe quién era y al cual no entendí ni una sola palabra, me llevó hasta una casa destartalada y me dio una llave. Tres plantas hacia arriba llenas de habitaciones, todas cerradas a cal y canto, y algún que otro servicio del tamaño de una cabina, incluyendo la ducha. Un sótano a lo que ellos llamaron cocina, pero que personalmente definiría como pocilga, y un patio a rebosar de basura. Mi ‘habitación’ era la última, en la tercera planta y al borde de una gotera generada por un agujero como un puño de grande que se había creado en una pequeña cúpula de cristal que hacía las veces de tejado. Armario destartalado, cama con un extraño olor y, por supuesto, nada de estabilidad, una mesa y un lavabo que por mucho que intenté limpiar, nunca cambió su negro azabache de los bordes. Y la moqueta cubriendo cada rincón. Esto era lo que me esperaba los próximos meses, o eso creía yo.

Sin embargo, he de decir que cuando te mudas a otro país hay algo que surge como de la nada: la familia postiza. En tan sólo dos días ya había conocido a varias amigas, eso sí españolas, que también acababan de aterrizar. Encontrar a gente en tu misma situación te une más que nada en el mundo. Esos amigos y amigas, esa familia postiza, son la bocanada de aire que necesitas para superar el día a día.

Personas maravillosas han pasado por mi vida en estos tres años, la mayoría españoles, supongo que por el simple hecho de que nos entendemos mejor, pero también procedentes de otros países como Italia, Polonia, Francia, Portugal o Alemania. Nunca me sentiría con el derecho a quejarme de los ingleses, ellos me acogieron y me dieron la oportunidad que mi país me negaba: ganarme la vida. Pero a pesar de ello, creo que la inmigración nos une a los extranjeros que tratan de sacar el mayor partido a su marcha. Por eso, mi familia se creó de ahí, de esos chicos y chicas perdidos que se sentían defraudados por su país.

Poco a poco te haces al lugar. Creas tus rutinas, encuentras casas a las que puedes llamar hogares y, lo mejor de todo, ves cómo evolucionas. No digo que migrar te cambie como persona, pero sí sale a la luz quién eres verdaderamente. La empatía emerge y el esfuerzo empieza a encontrar recompensas.

La primera vez que sentada frente a un empleado público entendí lo que quería comunicarme fue como un milagro. Empecé, como muchos, limpiando habitaciones de hotel, un trabajo que en España la mayoría ni se plantearía realizar. Sin embargo, la humildad pasa a ser la base de tu vida y agradeces con un trabajo bien hecho la oportunidad que te brindan a pesar de no hablar ni su idioma. ¿Se evoluciona? Por supuesto. Con tiempo y paciencia y siempre dependiendo de a lo que te quieras dedicar.

Yo estaba bastante a gusto con este trabajo, el horario era perfecto para poder estudiar en una academia. Aunque el trato recibido no siempre fue el más adecuado. Después vas encontrando lugares mejores para trabajar, con una mejora de las condiciones, pero mientras vas despidiendo a aquellos que ya cumplieron su etapa. Esa es la parte más durar, decir de nuevo adiós a tu familia, aunque se trate de la postiza que nació en tan pocos meses. Sientes que personas con las que apenas has convivido tres meses de tu vida se han convertido en pilares para ti.

Y así pasan los días y los meses en la distancia, las ausencias en Navidad y los viajes esporádicos en los que recargas las pilas y llenas maletas de tomate frito, jamón ibérico y algunas latas que otras. Tu vida empieza a cobrar sentido, te sientes bien, pero hay cosas que no salen de tu cabeza. ¿Por qué?

Bournemouth ha sido una ciudad genial para mí, puede que no sea la más bonita del país o no tenga el encanto de las pequeñas villas inglesas, pero supo acogerme. En los últimos meses me sentí más unida a ella que nunca, pero a veces esto llega a ser un problema. Cuando ya pasa cierto tiempo debes tomar una decisión, ¿te vas o te quedas? Mientras no tienes nada claro qué va a ser de tu vida, sólo eres capaz de sentirte provisional en todos sitios. Nos sentimos viviendo de prestado, pasando el tiempo en un lugar en el que no nos atrevemos a echar raíces por el miedo a tener que volver a emigrar.

Ese día llegó para mí. Fue un poco precipitado, pero a veces es la forma más sencilla, arrancar rápido para sufrir menos. Tenía que tomar la decisión y lo hice. Volvía a casa, ¿o la dejaba? Ya no estaba segura de cuál era mi verdadero hogar. La cuestión es que llené de nuevo una maleta de recuerdos y cogí ese billete sin vuelta. Ahora, tras cinco días, sigo intentando recuperarme de mi vuelta. Y es que hay algo que muchos olvidan. Nadie dudó de lo mal que lo iba a pasar cuando partiera hacia Inglaterra, sin embargo, muchos olvidan que la vuelta puede llegar a ser más dura. Del regreso pocos hablan.

Ahora vuelvo a casa de mis padres, a esperas de descubrir qué será de mi vida los próximos meses. Cuando me preguntan si es definitivo, ya sólo puedo decir que nada es definitivo. Y mientras intento acostumbrarme de nuevo a esta vida, echo de menos la antigua. A mis compañeros en la cafetería donde trabajaba, una jefa que me valoraba al completo, unos amigos con los que las palabras sobraban para entendernos y una ciudad que me dio todo lo que necesité cuando me sentí expulsada y sin futuro en mi país, y donde pude crecer y aprender lo que de verdad importa en la vida, que no es el adónde sino quién te acompaña en el viaje.

Ángela Pérez
28 de mayo de 2016

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