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Las redes sociales convierten bulos en verdades absolutas a una velocidad de vértigo. Aunque luego se desmientan, siempre queda la duda

Juan, que ya ha sobrepasado la cuarentena, lleva más de tres años en paro, se le han acabado todas las ayudas y vive de la pensión no contributiva que recibe su madre, la señora Lola, 84 años, enferma de Alzheimer. Ambos comparten casa y penurias. Casi nunca llegan a final de mes y a Juan cada vez le da más vergüenza pedir auxilio a quienes tiene cerca, que van siendo menos. Todas las mañanas hace un esfuerzo sobrehumano para levantarse de la cama, esbozar una sonrisa y despertar a su madre. Hay días mejores, otros peores, otros que mejor olvidar… A veces desea que su madre descanse para siempre, y luego la culpabilidad no le deja dormir. A veces piensa qué será de él sin ella, y muere de pena. Y así va pasando la vida.

A Juan no le interesa mucho la política. Bastante tiene con sobrevivir a cada jornada como para escuchar mentiras de unos y otros, dice siempre. Él, un profesional de lo suyo, como tantos, solo quiere un trabajo que le permita llegar a fin de mes y poder seguir de cuidador en casa. Aunque la suerte no termina de sonreírle. Intenta ser optimista y comprensivo, pero la sensación de injusticia le pesa más y más.

Desde siempre fue solidario y se mata por hacerte un favor. Juan es lo que se calificaría comúnmente como “un buen tío”.

Por eso me asustó tanto que atacara sin piedad a otras víctimas de la vida como él. Pensé: “Tú, que conoces tan bien el sufrimiento, deberías entenderlo mejor que nadie”. Pero la vida, parece ser, no funciona así, porque ahora Juan es carne de cañón. Siempre está a punto de estallar, y cualquier pequeña mecha le hace saltar por los aires.

De nada sirvió que días después se enterara de que aquello era un bulo: una perversa y malintencionada manipulación con el único objetivo de caldear el ambiente, de ‘desviar’ los problemas fuera de casa. A él ya le hervía la sangre, ya había encontrado un enemigo en el que descargar su ira, su frustración. No se sentía mejor, pero al menos había un culpable.

Juan fue víctima de una de esas mentiras que las redes sociales convierten en verdades absolutas a una velocidad de vértigo. Era fácil: leyó que los refugiados iban a recibir 400 euros al mes (1.200 si tenían un hijo), tarjeta sanitaria y casa; y mientras él no tenía ningún ingreso, la pensión de su madre no llegaba ni a eso y hacía malabares para pagar el alquiler y que nos los echaran de casa.

El objetivo del bulo se consiguió al instante: Juan se comparó con un refugiado y llegó a la conclusión de que a ellos los iban a tratar mejor. Conclusión: fuera de aquí, primero, nosotros.

– Juan, que no es verdad, que las cosas no se hacen así hombre, que era una mentira

– Sí, ya, eso es lo que dicen ahora

Siempre queda la duda.

Más información: http://www.eldiario.es/desalambre/bulos-anti-refugiados_0_447955420.html

16 de febrero de 2016
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Sobre mi blog:

Una visión rayana de la vida, una manera de acercar y contar lo que existe al otro lado de frontera, cualquiera que ésta sea. Llevar el periodismo al límite, el placer de caminar por el filo de la navaja...

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